01/11/2020

Especial: día de los muertos

Funches

    Cuando llegamos al bar de Alfonso, todos los que estaban ahí bajaron la voz. Fui a la barra y pedí unas cervezas para mi tío Funches y mis primos. Mientras volvía, un grupo sentado empezó a señalarnos con los dedos. Uno de ellos se acercó para preguntarle a mi tío si era verdad que lloraba todas las noches. Que si el macho más bravo del pueblo no podía dormir sin que se le salieran las lágrimas. Sus compañeros reían. Funches no dijo nada. El tipo seguía sonriendo con sorna cuando se volteó y regresó a su mesa, pero apenas dio la espalda, mi tío se le abalanzó y le dio un solo golpe con la botella en la cara.

    El ruido del vidrio reventando apagó las conversaciones de todas las mesas del lugar. Lo único que sonaba eran los zapateos mojados del hombre, que se resbalaba con la sangre chorreando en el suelo, goteando entre sus dedos. Mis primos y yo nos levantamos para salir, pero Funches nos mandó a que nos volviéramos a sentar y luego se dirigió a la barra para pedir otra cerveza. El herido no estaba gritando, ni decía nada a los colegas que lo rodeaban, que lo recostaban en el suelo mientras apartaban los pedazos de vidrio con sus botas, con murmullos que parecían temblores en el aire. Una flor roja brotaba debajo de su ceja izquierda, con pétalos carnosos que brillaban bajo la luz dura de los bombillos desnudos.

    A veces lo veo en ese mismo bar. Todavía tiene un parche que no alcanza a cubrir la cicatriz rosada que serpentea por su pómulo hacia su oreja. Siempre dice que es cuestión de tiempo antes de que se lo quite, pero yo creo que hace rato perdió el ojo.

    Creo que esa fue la única vez que vi a alguien repitiendo los chismes sobre mi tío en frente de él. Los vecinos llegaban a culpar al fanfarrón por su propia desgracia. Decían que su imprudencia nacía del hecho de no haber prestado atención a lo demás que se decía del personaje.

 

    Yo nací en el aniversario de muerte de Aparicio, el segundo hombre que mató Funches en Iguayé. Los vecinos decían que podía ser la reencarnación del occiso, e incluso mi madre me lo comentaba en broma. Nunca le vi la gracia, pero creo que era una manera de enseñarme desde chiquito a no meterme con mi tío. Uno de mis primos, Omar, no supo aprender la lección cuando era pequeño. El chichón que tiene en la frente es un recordatorio de los que duran toda la vida.

    Pero no era nada más en su casa que lo conocían. Funches llegó al pueblo hace treinta y tantos años y empezó a sembrar en las tierras de Jacinto Zarcos. Cuando la gente comentaba que habían dejado de ver al dueño por el mercado del pueblo, decían que había encargado los campos a este joven con piel como la de una concha de mandarina a punto de pudrirse, hasta que doña Josefina Zarcos, la hermana, vio que Funches llevaba el crucifijo y la cadena de plata de Jacinto, la que ella le había regalado el día de su santo y que él había dicho que no se quitaría nunca, ni que lo tuvieran colgando del cuello con ella. Papá decía que ese era el detalle que más repetía a quien quisiera escucharla después de la misa de siete. Pero Funches siguió viviendo en ese terreno hasta que se casó con mi tía.

 

    Una medianoche, mientras nos hacíamos compañía junto a una botella, Funches me pidió que lo acompañara a casa del doctor Vílchez. Yo estuve quejándome todo el camino, diciendo que no nos iba a atender tan tarde hasta que llegamos y nos abrió la puerta la señorita Carvajal. Estaba maquillada como si hubiera estado lista para ir a una fiesta. Ese era el detalle por el que la señora Vílchez estaba convencida de que su marido la engañaba: la enfermera siempre se arreglaba demasiado.

    El doctor nos recibió en un cuarto que había convertido en consultorio, con un escritorio, estantes llenos de libros y fotografías borrosas de accidentes intercalados con varios diplomas en las paredes. Cuando nos preguntó cuál era el problema, Funches me miró fijamente. Tardé un par de segundos en entender que quería que saliera del cuarto. Me levanté con prisa y me encaminé a la sala de espera. 

    Había una mesa pequeña cerca de los asientos con un libro sobre enfermedades venéreas. Ya había visto todos los dibujos cuando el doctor salió y se sentó a mi lado. Su papada estaba cubierta de sudor. Me dijo que mi tío tenía que quedarse a dormir en el consultorio y que nosotros dos íbamos a vigilarlo durante la noche. Cuando protesté me dijo que él no iba a poder aguantar toda la noche despierto. Luego de unos minutos confesó que también esperaba que, en el caso de que hubiera un diagnóstico desfavorable, la presencia de un familiar podía amortiguar su reacción.

    Estaba durmiendo desparramado en una de las sillas de la sala cuando Vílchez me tocó el hombro y me dijo que me tocaba hacer la guardia. La única instrucción que me dio fue que tenía que avisarle en la mañana si pasaba algo raro. 

    Me paré y fui por donde había indicado el doctor. En el centro de lo que parecía un comedor había una camilla de aspecto frágil. Encima de ella estaba mi tío, boca arriba, roncando como un motor. Sus brazos, que eran demasiado largos para lo cortas que eran sus piernas, colgaban a los lados. Al entrar tropecé con el resto de las camillas, que se encontraban apoyadas verticalmente en la pared. Empezaron a tambalearse, amenazaban con caerse. Me lancé para sostenerlas, pero chocaban entre sí, las patas se deslizaban por el suelo. Cuando los golpes y chirridos metálicos cesaron, me quedé quieto, sin querer voltear a ver a Funches hasta que volví a oír sus ronquidos.

    Me recosté en una silla en la esquina y volví a buscar el libro de la sala de espera para distraerme. Por más que intentaba mantenerme despierto, seguía releyendo la misma hoja que advertía sobre verrugas en las zonas íntimas y las consecuencias de “prácticas libidinosas y libertinas”. Me parecía que mi cuello ya no podía sostener el peso de mi cabeza, y en un par de ocasiones casi pierdo el equilibrio. Me levanté para estirar las piernas y escuché un chillido. Cuando volteé, Funches estaba tiritando, como si tuviera frío. Sus miembros se retrajeron, buscando su pecho ancho, que se estremecía con hipos. Al rato empezó a sollozar, cada vez más fuerte. Me acerqué a ver su cara de cerca, que tenía arrugas en todos los lugares donde no tenían que estar. Su expresión enfurruñada se había vuelto una mueca de dolor, sus cejas formaban una flecha que apuntaba a sus canas en vez de señalar su nariz. Estaba llorando como un niño, con espasmos y moco. Hacía ruidos muy agudos con la boca y la nariz, y si yo hubiera estado afuera del cuarto, lo habría escuchado con la misma claridad. 

    Cuando se aquietó un poco fui al consultorio, donde Vílchez estaba durmiendo en su sillón. Prendí la lámpara de la entrada, lo sacudí con brusquedad y le dije en voz baja.

 

    —¿Está oyendo lo mismo que yo?

 

    Él no respondió, no quería mirarme a los ojos. Le di una cachetada leve al doctor, no para hacerle daño, sino para que me prestara atención, y repetí la pregunta. El doctor se levantó, sin decir nada todavía. El gimoteo resonó de nuevo por la casa. Su nariz y mejillas se estaban volviendo de un color rojo brillante que parecían iluminar el despacho más que la luz prendida en el portal. Cuando empezó a hablar estaba mirando un diploma que le otorgaba el título de catedrático en una universidad de una ciudad lejana, o la cara de un hombre con un tumor negro donde debería haber estado su nariz. Mi tío seguía chillando en el otro cuarto.

 

    —Es difícil que sea algo respiratorio, ni siquiera está durmiendo mal. Esto va más allá de mi área de estudio.

    —¿Le importaría decírmelo con claridad, doctor?

    —Que no creo que pueda tratarlo. No sé lo que tiene que hace que haga… eso que hace. Estoy más que dispuesto a plantear su caso a unos conocidos que se dedican a comportamientos histéricos y cuidados de la psique. Tal vez podrían ayudarlo.

 

    Di unos pasos y me puse a su lado, muy cerca, mientras continuaba evadiendo mi mirada.

 

    —No van a meter a mi tío en un loquero, ni va a ir usted a comentarle nada a sus amigos. Espero que eso esté claro, doctor. Ya verá usted lo que le tiene que decir.

 

    Justo cuando dije eso, la casa volvió a caer en el silencio que suele pertenecer a esas horas. Estaba a punto de salir hacia la recepción cuando Vílchez tosió en voz baja.

 

    —Este no es un pueblo grande, Lope. Si antes eran pocos los que sabían, el espectáculo que montaron donde Alfonso hizo que todo el mundo quisiera enterarse.

 

    Paré en el portal. Afuera se veían todavía las estrellas, y no se veía nada en las ventanas vecinas. Claro, eso no significaba que no estuvieran asomados, con las luces apagadas para que no los viéramos. En ese momento tuve una idea. Cerré la puerta y apagué la lámpara, que se sostenía en un paral.

 

    —Por su bien, el de su esposa y el de la señorita Carvajal, espero que cuando eso ocurra, no tenga nada que ver con usted.

 

    Pensé que eso ya era bastante dramático. Pero cuando quise salir, dejando al doctor a oscuras, mi pie se enredó con el cable. Al dar mi siguiente paso, la lámpara apagada se estrelló contra el suelo y la pantalla de vidrio se partió. Escuché el gritito de Vílchez y estuve a punto de disculparme. Pero en vez de eso, salí con paso apurado.

 

    El día siguiente era un domingo. Estaba  bebiendo en la plaza con Funches, la del nombre de un héroe de guerra que no logro recordar hasta el día de hoy, con un pequeño balde lleno de botellas que habíamos dejado afuera durante la noche para que se enfriaran. Mi tío llevaba un rato sin llevar la cerveza a sus labios, se estaba desarmando de la risa mientras yo le contaba sobre el susto que le había echado al doctor la noche anterior, sin mencionar lo que me había dicho. Cuando volvió en sí, luego de un acceso tremendísimo de tos, empezó a hablar de la procesión que pasaba por el otro lado de la plaza y de cómo le recordaba a su pueblo en los Ayapales. En los últimos años, todo le recordaba a los Ayapales. Yo le escuché, asintiendo sin decir nada. Pensaba en otra cosa. Sabía que los vecinos no se metían conmigo por mis parentescos, pero yo también había procurado interpretar un papel, como los muchachos del circo que pasa cada dos años. En realidad yo siempre he sido un tipo tranquilo. Mis primos son los que andan buscando problemas en la calle, como si tuvieran algo adentro que los obliga. Yo ni siquiera me he peleado en la vida. Amenazado, sí. Asustado, también. Pero nunca le he hecho daño a nadie. Creo que Funches es el único que lo sabe. Le parece bien, sabe que no quiero ser como él. Que solo me aprovecho de su renombre para salirme con la mía de cuando en cuando. Aquí nadie toma nada en serio, se ríen si les haces una maldad.

    A poca distancia, varias abuelitas apoyadas en el bastón o el nieto, lo que tuvieran más cerca, avanzaban con un bamboleo regular y marcado detrás de animadores con tambores y malabares. Seguro que mis primos, Omar y Goyo, andaban esperándola desde un balcón para gritar un par de mamarrachadas a los que pasaran y lanzarles un poco de cerveza, pero no tanta. Después, seguro que pensaban seguir sentados en silencio, atajando las brisas del norte con sus calvas oscuras, pasivos. Mis primos se burlan de mí porque uso palabras como bamboleo o pasivo, pero es que a ellos nunca les dio por meterse con los libros que tiene Funches. Tiene de historia del país, de ciencias naturales y de cartografía, que venían con unos mapas que aparecían por la mañana ocupando toda la mesa del comedor. Creo que siempre le tuvo más cariño a estos últimos. La procesión se estiraba y acortaba, con la paciencia de quien no tiene nada mejor que hacer, y Funches y yo nos levantamos y nos fuimos sin esperar a que terminara, llevándonos el balde para terminarlo con los primos.

 

    Luego de eso, no vi a mi tío en dos semanas, más o menos. Recuerdo que hasta mis padres preguntaron por él. A ellos nunca les hizo gracia que yo me la pasara tanto en su casa desde niño, revisando sus mapas y peleando con sus hijos, primero por juguetes y luego por enamoradas. Pero nunca me detuvieron cuando iba para allá. Estaba a punto de decirles que no sabía qué le había pasado cuando tocaron la puerta. La señora Zarcos pasó adelante, cargando una bolsa que le llegaba hasta las rodillas y parecía superarla en peso. Tenía la cara tan arrugada por el esfuerzo que no parecía tan vieja cuando puso la bolsa en el suelo. No quiso saber de la salud de don Funches hasta que aceptamos los mangos que no iba a poder comerse ella sola. Después de que solo ofrecimos silencio, se fue de mala gana. Seguro que iba a buscar a algún otro vecino que quisiera sus dádivas cuando el árbol de su casa fuera generoso.

    A todo el mundo le gusta hablar de mi tío. Si me escondiera a mediodía en alguno de los mercados de Iguayé, escucharía gente discutiendo, o divagando en voz alta, la razón de su aflicción. La mayoría no se decide entre los achaques de sus hábitos de bebida, su edad y las enfermedades raras que le daban a los que no habían pasado toda su vida en la región. Incluso hay gente que repite que él, un hombre con la edad que tiene, está así por seguir pensando en la mujer de Aparicio. Según la decisión unánime de la cadena de chismes del pueblo, ella le había dicho a Funches que le reventara la cabeza al marido. Ella, junto con mi tía y mis primos, desaparecieron del pueblo antes de que se corriera la noticia. Mis primos volvieron años después, cantando canciones de estas tierras y de otras más lejanas, pero siempre se guardaron los paraderos de su madre.  Cuando lo encontraron, Aparicio tenía abrazado el rifle de sus días de militar. Algunos decían que, conociendo este detalle, se sentían mejor por dejar el asunto hasta ahí. 

 

    Una noche muy calurosa, mi madre me despertó con una única palabra.

 

    —Silencio.

 

    La seguí por las calles hasta la casa de Funches. Desde afuera se escuchaban con debilidad unos gimoteos en el piso superior. Que el desgraciado era malo, no te lo negaba nadie, pero cómo lloraba cuando le dolía. Cuando entramos nos recibieron Omar, Goyo y una mujer que no conocía, vestida holgadamente de negro. Era más alta que los dos, y tenía una expresión de estar medio dormida en su cara cobriza. Ella nos condujo hasta el cuarto de mi tío, que ahora estaba lloriqueando. La mujer se acercó a su cama y le colocó la mano en el hombro con cuidado, casi con afecto. Él dejó de hacer sonidos y todos nos quedamos callados hasta que él preguntó con voz ronca.

 

    —¿Están todos? ¿Lope también?

 

    Sus hijos lo ayudaron a levantarse y lo llevaron al piso de abajo. La mujer alta los siguió a través de los pasillos oscuros, lanzándome una sonrisa mientras pasaba a mi lado. No pude imaginar qué edad tendría, con unos ojos tan delicados y una mirada tan seca. Cuando llegamos a la sala que daba al jardín, vi que en las esquinas estaban los libros de mi tío, además de que había velas en las mesas arrimadas hacia las paredes. En el piso, justo en el centro, había una forma alargada dibujada con tiza en las baldosas de piedra, llena de espirales por dentro. Mis primos apoyaron a su padre en la figura, que parecía hecha a su medida, y se sentaron en el suelo, uno a su izquierda y otro a su derecha. La otra estaba en la escalera todavía, mirándonos. Con una voz grave le dijo a mi madre que le sostuviera la cabeza a Funches, a mis primos que tomaran sus manos, y a mí, que apoyara sus pies en mis rodillas. Quise preguntarle a mi madre qué estaba pasando, pero ella nada más me dijo que le hiciera caso a la comadre Francisca mientras se colocaba.

    Me senté dándole la espalda al jardín y sostuve los pies de mi tío, torcidos por los juanetes. Mientras seguía rondándonos, la comadre Francisca nos mandó a cerrar los ojos y a quedarnos callados. Se quitó su túnica, quedando desnuda excepto por muchísimos collares y abalorios que se amontonaban hasta su ombligo. Mis primos se pusieron nerviosos, pero no se atrevieron a decir nada. Francisca encendió un cigarro que parecía un garrote, y soplaba el humo por encima de nuestras cabezas mientras daba vueltas a nuestro alrededor. Pensé que de verdad se nos habían acabado las ideas para tratar las dolencias de mi tío, pero como si lo hubiera dicho en voz alta, mi madre anunció que empezaríamos a orar por la salud de Funches y por que se alejaran de él todas las voluntades que en su contra se volvieran. El humo se acumulaba en el techo, chocando entre las vigas de madera, llenando el espacio desde un centro justo encima de nosotros hacia afuera.

    La comadre Francisca sopló otra bocanada de humo hacia el techo. Los collares que cubrían su cuerpo esbelto chocaban entre sí, como piedras llevadas por un río angosto. No sé qué voz esperaba que tuviera, pero me sobresalté cuando exclamó:

 

    —Escuchen bien. No pedimos riquezas, sino poder tomarlas. No queremos fe en otros, sino en nosotros mismos. Y no buscamos una cura, sino saber qué nos daña. Se lo pedimos a los nuestros y a quien sea que los acompaña.

 

    Luego se agachó y juntó su boca al oído de Funches, que asentía con los brazos extendidos en cruz a lo que nosotros no podíamos oír. Cuando volvió a levantarse empezó a cantar una sola nota baja, sin melodía ni palabras, que acompañaba el castañeteo de sus collares. Mi madre murmuraba y mis primos hacían comentarios aislados en voz baja, sin abrir los ojos. Sentí la mirada de la comadre y cerré los míos. El humo me picaba en la nariz y me hacía lagrimear, tuve que contenerme para no toser. El canto se expandía y nos envolvía, eliminando todos los ruidos adentro y afuera de la casa a la vez que se hacía más suave, más débil.

    Casi no me di cuenta de que Funches se estaba agitando. Su respiración se había acelerado, y los pies que yo sostenía sobre mis rodillas temblaban como con frío en una noche tan cálida. Había empezado a mascullar algunas palabras, apenas con menos fuerza que Francisca, que seguía ululando. Parecía estar hablando consigo mismo hasta que apareció otro sonido. Otra voz empezó a responderle a mi tío. Era una voz de hombre, pero no sabía de dónde venía, y parecía dirigirse a Funches, que le respondía entrecortado, sin que se le entendiera. Sin que dejara de sonar la nota baja, escuché a la comadre como si estuviera respirándome en la nuca.

 

    —No grites. No sueltes a tu tío. No abras los ojos.

 

    Entonces yo también temblé. El aire vibraba alrededor del sonido que hacía Francisca con su boca, estirándose sin romperse. Mi tío seguía intercambiando lo que parecían estornudos, en vez de palabras, con quien fuera que le estuviera respondiendo. Entonces escuché una segunda voz, otro hombre. Francisca empezó a cantar más fuerte, y a Funches se le fue quebrando la voz mientras intentaba hacerse escuchar por encima de la comadre y de los golpes secos, casi rítmicos de los collares. Llamé a Francisca por su nombre, le pedí que se callara, pero el pandemonio que se armaba en el cuarto, sin ser yo capaz de verlo, no me respondió. Apreté los pies que se apoyaban en mis piernas, tensé todo mi cuerpo para no moverme, pero cuando Funches soltó un chillido de dolor, abrí los ojos.

    Omar y Goyo gruñían con acentos que no eran suyos, el uno rascándose el cuello, el otro sobando su propia cabeza, cada uno clavando las uñas en las palmas de mi tío con la otra mano. No entendí lo que decían, hablaban como si les costara, pero repetían el nombre de mi tío. Francisca bailaba entre el frenesí y el éxtasis, llevaba los brazos al techo, sacudía los collares que chocaban con su cuerpo oscuro. Mi madre seguía con los ojos cerrados y sostenía la cabeza de Funches con placidez, pero él estaba pálido, se sacudía intentando librarse de sus hijos y respondía con una sola palabra. Perdón, perdón, perdón.

    En un segundo volvió a reinar el silencio. El cuarto brillaba con la luz de las velas, que se difuminaba con el humo acumulado. Mi tío se había quedado quieto y miraba fijamente al techo, que parecía haberse desvanecido en un mar de neblina. Sus ojos estaban rojos y su cara se había humedecido con gotas de sudor que recorrían sus arrugas. Todos los demás voltearon para verme. Sin saber que podía, dejé los pies de Funches en el suelo, me levanté y me tambaleé hacia la calle, sin saber si era mi madre o Francisca quien me gritaba que volviera.

 

    Sólo lo he visto en un par de ocasiones luego de ese día. Desde entonces, los vecinos dicen que lo escuchan varias veces durante la noche, gritando hasta que despierta. Dicen que está como si se hubiera secado, que creen que no le queda mucho tiempo. Sé que no sale mucho ahora, por lo menos no desde que botó a mis primos. No sé a dónde fueron, pero sospecho que ahora están en los Ayapales, tal vez con mi tía. 

    La última vez que estuve en su casa no dijo mucho. Sorbíamos en silencio el café que nos servía la señora Zarcos, que se había ofrecido a ayudar a mi tío. Me pareció que él se había encogido. una pequeña joroba le había dado el aspecto de un niño que intenta protegerse del frío. Me quedé un rato y luego le dije que tenía que irme. Él murmuró algo debajo de su aliento y siguió mirando la taza que sostenía con dedos esqueléticos, como si hubiera alguien adentro. La señora Zarcos me acompañó hasta la salida, recitando una lista de cosas que tenía que buscar para traer a la casa. Cuando se cerró la puerta a mis espaldas, me quedé parado un rato. Quise volver a entrar, preguntar si podía ayudar en algo, quedarme un rato más. Pero no lo hice, quién sabe qué hubiera dicho la gente.

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