23/04/2020

Medicina tradicional

   Mi abuela era la doctora más reputada de la ciudad. No fue a la universidad, pero era dueña de una biblioteca extraordinaria. Cientos de libros que conocía a la perfección, algunos escritos en papeles sueltos, muchos repasados por ella misma cuando la tinta empezaba a desgastarse. Recetaba poesía sobre vicios, viejos amores, o sobre los muertos que llevamos en los zapatos. Una pieza era perfecta para el azare crónico, dos poemarios para el despecho. Recuerdo la casa llena, pacientes curados que visitaban casi a diario hasta el día en el que ella murió.

 

    Ahora solo estamos la biblioteca y yo, pero ella sigue enamorada de sus libros, y de cuando en cuando me la encuentro en la sala. De pie, seria, tan etérea como en vida. La última vez estaba leyendo un cuaderno donde escribo a veces. “Vas bien”, me dijo.

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