29/07/2020

Especial: Cuentos de verano

Carne

    La cola le ocuparía, en el mejor de los casos, toda la mañana. Desde que Sandra llegó habían pasado treinta personas, faltaban treinta más para que ella pudiera entrar al edificio. Llevaba una hora conversando con la mujer que tenía atrás y acababa de salir el sol. Frente a ellas pasó un perro callejero, de pelo corto y marrón, dando brinquitos para no quemarse las patas con el asfalto caliente.

    —Te cuento esto porque ya estamos hablando, pero no me enorgullezco ni lo justifico, fue algo que pasó. Yo maté a un perro idéntico a ese. 

    —¿Mataste a un perro?

    Sandra miró hacia los lados por si acaso alguien las había escuchado. Pero nadie les prestaba atención. El único movimiento era de carpetas de manila aleteando frente a las caras, agitadas por brazos doblados y rígidos. Siguió hablando sin bajar la voz.

    —Fue por mi hermano mayor. Él era beisbolista y siempre que salía a jugar la gente aplaudía muchísimo. Era bueno pero tampoco me parecía que fuera para tanto. De hecho, pensé que era un deporte más bien fácil cuando le ofrecieron llevárselo a los Marlins de Florida. 

    —¿A los Estados Unidos?

    —Efectivamente. Yo aproveché la felicidad de la casa para escaparme y rumbear a gusto, pero eso duró poco. A casi dos semanas de la prueba, mi hermano llegó a la casa armando un berrinche después de que su equipo casi perdiera por su culpa. Mi mamá y mi papá iban atrás de él diciéndole que no se preocupara. Entonces se metió a su cuarto y mi papá al suyo. Mi mamá se quedó en el sofá, con el pecho apoyado en los muslos; me acerqué para preguntarle qué estaba pasando pero me regañó porque la boca me olía a alcohol. Cuando le pregunté a mi hermano me mostró el codo sin decirme nada. Estaba hinchado, pero como con cualquier golpe que uno se da. “Qué mariquera”, pensé.

    La cola se movió. Desde el segundo y último piso, hasta la última persona en la acera, todas las piernas se arrastraron hacia adelante. Cada cuerpo con el mismo ritmo y velocidad, como un ciempiés gigante.

 

    —Lo llevaron al médico de la familia dos veces esa semana. Para mí se había resuelto, pero el domingo siguiente no fue a jugar. Me enteré de que le habían mandado ejercicios para la articulación y a echarse hielo. Ese día estaba en la sala con una compresa fría en el brazo y vi que el codo parecía una pelota de tenis. La piel se le había estirado, la tenía roja. Lo llevaron hasta a consultas homeopáticas, pero le decían que no era nada, que con el tiempo se iría. Todo lo contrario. Ese miércoles, el codo se había convertido en un huevo de avestruz y la piel en una costra; no podía ni estirar el brazo. Una vez dije que a esa enfermedad le iban a poner el nombre de mi hermano y mi papá casi me pega. Yo ya me había hecho a la idea de que el brazo se le iba a quedar como una lechosa para toda la vida.

    Una voz interrumpió a Sandra.  “Tanta vaina pa’ nada”, dijo una señora con las mejillas pálidas y cubiertas de cicatrices de acné, mientras salía de las penumbras del edificio.
    La mujer escuchando la historia miró a Sandra y asintió sin ganas. Sandra la miró a ella por unos segundos y luego a las cabezas que tenía delante. Continuó hablando. La voz de Sandra se unió al resto, fundiéndose con el murmullo constante y ensordecedor de la cola. 

    —Un día fui a estudiar a casa de una amiga que a mi mamá no le gustaba. En esa casa empezaban todas las noches, porque éramos quinceañeras y dos terremoticos. Después pasábamos las resacas tirándole piedras a las ramas de los árboles de mango que había en la entrada. Por gusto, porque la mayoría de los mangos estaban o muy verdes o ya tan maduros que al caerse se abrían y era imposible comérselos. De todas las horas que estuvimos tirando piedras, nos pudimos comer nada más cinco mangos entre las dos. Ese día que fui a estudiar, su abuela estaba de visita, dando vueltas por la casa, preparando almuerzo. Era una señora viejita y arrugada. Nunca le dije esto a mi amiga, pero yo pensaba que la piel se le quería desprender. Yo le estaba contando a mi amiga lo de mi hermano y un chiste malísimo sobre la lechosa. Nos reímos duro las dos y recuerdo que apenas nos callamos la casa quedó en silencio, no se escuchaba ni el aceite brincando en el sartén. A mi amiga se le desviaron los ojos y yo sentí una mirada a mis espaldas que me llegó hasta el estómago. Cuando volteé estaba su abuela a mi lado. “Repite, niña”, dijo con los brazos cruzados y alzando las cejas, como si la hubiera ofendido. Le repetí el chiste y me dijo que eso no, que le contara qué le estaba pasando a mi hermano. “Él es pelotero”, me dijo antes de que yo terminara de hablar. Miré hacia los lados y me encontré con el mismo silencio. “¿Es o no es?”. Le respondí que sí y me pidió su nombre completo y fecha de nacimiento. “Va a cumplir dieciocho años. Vamos a ver”. Se metió en su cuarto y al momento salió con un papelito garabateado. “Niña, dile a tu mamá que se lleve a tu hermano para esta dirección y que compre lo que le anoté ahí. Ya por allá la están esperando”. En el papel decía que compráramos aguardiente, tabaco barato y chuletas de cerdo; apenas leí me dio risa y miré a la abuela de mi amiga sonriendo. “¡Carajita, vete para tu casa pues! A tu hermano le echaron un mal de ojo bien fuerte. Tienen que hacer algo ya, mañana es tarde”. 

    —¿Te dijo así?

    —Tal cual. Llegué a mi casa temblando. Mi mamá no me prestó atención pero yo insistí. “¿Tú eres gafa? ¿Qué le van a echar mal de ojo a tu hermano? Además, yo no me voy a meter para allá, esa zona es bien fea”. Mi mamá no me había gritado nunca. Aún me acuerdo de cómo prensó el cuerpo. El silencio lo rompió mi hermano. Nos escuchó y salió corriendo del cuarto. “Sandra tiene razón, mamá. Tengo que volver a jugar. Ya ni tú sabes qué hacer”. Mi mamá se levantó de golpe y nos dio la espalda, sin sacarse de la boca la uña que masticaba. No nos movimos hasta que nos mandó al carro. Después de varios peajes llegamos a una salida que conectaba con una carretera estrecha, de un solo canal para ir y volver. Rodeada de maleza y de torres de basura más altas que el carro.

    Las dos quedaron en la entrada del edificio, bajo la fachada gris y frente al interior oscuro y húmedo. Toda la gente apelotonada hizo pensar a Sandra en un camión lleno de reses sedadas, con las extremidades acalambradas. 

    —Llegamos a un pueblito con suelo de tierra. No había gente en la calle y el único carro era el nuestro. Nos detuvimos en una plaza que alrededor tenía casas de paredes desconchadas. La abuela de mi amiga me había dicho que ubicáramos el abasto, que era un cuadradito verde más pequeño que el carro, y cruzáramos a la derecha. Al cruzar vimos a un señor parado en la calle que nos indicó que lo siguiéramos. Era bajito y estaba en chancletas y sin camisa. Nos guió por una vereda de casas hechas de bloque y rodamos lento detrás de él. Me acuerdo de una niña asomada desde una ventana cubierta con rejas. La jalaron del brazo y cerraron la cortina cuando pasamos por delante de ella. Al final de la calle había un rancho solito que nos veía de frente. Nos estacionamos y el hombre abrió la puerta. “Sin miedo, familia. Pasen” nos dijo porque nos quedamos en fila frente a él. “Ya veo que me trajeron el mercadito” y me quitó la bolsa de las manos sonriéndome. Todavía puedo ver el sarro incrustado en los dientes. Nos pidió que pasáramos y nos sentáramos, pero a mi hermano le puso una mano en el pecho. “Usted se queda de pie”. Le miró el brazo de reojo mientras agarraba el aguardiente. “¿Cómo estás tú, chamo?” Le preguntó mientras empapaba unas hierbas con el alcohol. Mi hermano balbuceó algo que hizo que el hombre se riera. Como me había sonreído a mí, empezó a sobar el codo casi morado, pero vio a mi hermano arrugando la cara y se puso serio. “¡Nada de eso, aguante como un varón! Si no, esto no funciona”. Apenas dijo eso mi mamá me agarró la mano. El hombre siguió con el codo, cantando nombres de santos. Después de un rato me di cuenta de que a mi mamá le estaba sangrando un dedo. Mientras me fijaba en la sangre sentí un calor tremendo y un olor a quemado fortísimo; el hombre había prendido el tabaco y le estaba echando humo a mi hermano en el pecho, la espalda y el brazo. Entonces destapó las chuletas y las puso encima de un plato que tenía una bolsa plástica al lado. El hombre agarró a mi hermano por la muñeca y le dijo bajito “Ya vamos a estar listos, papá”. Se cubrió una mano con la primera chuleta y empezó a frotar el codo lleno de aguardiente. 

    Las piernas volvieron a arrastrarse, con ritmo y velocidad idénticos.

    —Al segundo la chuleta se llenó de gusanos. Eran grises, babosos y se retorcían como si nunca hubiesen visto luz. Me acuerdo de que varios se convirtieron en nudos, enredados en su propia viscosidad. La chuleta desapareció poco a poco, hasta que se convirtió en un mazacote de gusanos. Cuando no cabían más, el señor se sacudió las manos para quitarse los que tenía entre los dedos, y botó la chuleta en la bolsa que había preparado. Le sonrió a mi mamá, antes de seguir sacándole gusanos del brazo a mi hermano como quien se prepara el desayuno. De la segunda chuleta salieron bastantes también, pero menos, la carne pasó de roja a gris clarito, como si se hubiera podrido al instante. Con la tercera la piel del codo recuperó su color y la extremidad aflojó un poco. De la cuarta salieron gusanos de a poquito hasta que no quedó ninguno. Para cuando la chuleta cayó en la bolsa mi hermano tenía el brazo estirado y limpio. “¿Viste? Ya estamos listos” dijo el hombre y nos pidió que saliéramos. Mi hermano salió tambaleándose, me acuerdo de que mi mamá lo agarró por los hombros para que no se cayera. Yo me distraje también con el codo recuperado, lleno de cráteres, como si le acabaran de extirpar un montón de espinillas, hasta que el hombre me dijo que me volteara: “Niña, tenga esto con cuidado, no se lo vaya a pegar al cuerpo ni a apoyarlo en ningún sitio”. Y me entregó la bolsa llena de chuletas y gusanos. Casi vomito por el olor a muerto. “Cuando salgan de aquí, y encuentren a un perro de la calle, que ella le dé esto para que se lo coma. Asegúrense de que se coma todo. Es el perro o el joven”. Y se dirigió a mi mamá. “Serían quince mil, mi señora”. Yo dije que no iba a darle nada a ningún perro, pero la bravura se me acabó cuando saliendo del pueblo vimos a un cachorrito junto a la carretera, rebuscando entre la basura. Mi mamá frenó y me miró por el retrovisor. Apenas abrí la puerta el perro me brincó encima buscando la bolsa. Me acuerdo del brillo en sus ojos y su carita de encantado cuando las chuletas cayeron al suelo. Bajó el hocico y comió carne, gusanos y huesos sin dejar de menear la cola. Cuando terminó le acaricié la cabecita y me monté otra vez en el carro. Lo miré mientras nos alejábamos, y hasta que lo perdí de vista estuvo lamiendo la bolsa. Mi mamá me dio las gracias y eso fue lo último que se dijo sobre el tema. Ella ya se murió y hace años que no hablo con mi hermano. El señor nos dijo que alguien le tenía mucho odio a él. Yo hasta el día de hoy pienso que tenía una infección en ese brazo. Pero supongo que ya no importa. Uno nunca sabe el porqué de las cosas, tampoco si se terminan cuando uno cree.

    —¿Y tu hermano sí llegó a las Grandes Ligas?

    —No, la prueba la aplazaron una semana y justo cumplió dieciocho. Se pasó de la edad. 

 

    Las dos quedaron calladas en el recibidor opaco y vieron a un hombre que bajaba refunfuñando porque tendría que volver al día siguiente. Antes de salir se le cayó una carpeta y volaron hojas en blanco y negro con impresiones pixeladas de su cara. Nadie se movió para ayudarlo. Después de varios minutos logró ordenar todo y salir al sol. Se acomodó el cuello de la camisa, disgustado, como si sintiera al edificio mirándolo irse.

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