14/08/2020

Alegato por la siesta

    Lejos quedaron los días en que el silencio y la brisa veraniega en la calle anunciaban la siesta vespertina. Las heroicas ciudades se acostumbraron a pasar el mediodía en vela, sin ganas de detener su marcha frenética. Desde hace tiempo, la falta de horas de sueño se volvió una especie de mérito por el esfuerzo dedicado al oficio. El problema es que es un indicador muy poco fiable del rendimiento real y termina volviéndose parte de una competencia laboral que exige tributos tanto en los gestos como en los resultados. El miedo mató a la siesta justo cuando más la necesitábamos.

 

La pérdida del reposo al atardecer es, ante todo, una lástima. El desprecio que le tenían a esta rutina dentro y fuera de España ha dado un giro al reconocerse sus beneficios para la salud física y mental. Fue un descubrimiento ideal cuando llegué como inmigrante, y siempre es agradable saber que los japoneses tuvieron un momento de revelación parecido. Algunas compañías niponas han dedicado horas y espacios específicos para que sus empleados puedan dormir una media hora antes de seguir trabajando. No se trata nada más de un ejercicio para aumentar la productividad: la privación crónica de sueño que sufren los profesionales de la isla se ha

 

vuelto famosa por llegar a tener consecuencias fatales.

 

En cambio, todavía existen pueblos en que mantienen la costumbre milenaria de descansar a mitad del día, como la isla de Icaria en Grecia o los hadza, cazadores y recolectores en Tanzania (me gusta pensar que varios, como yo, prefieren las hamacas). Los estudiosos del sueño nos han revelado que la siesta después del almuerzo, a diferencia de caminar en dos patas, es un impulso natural, no aprendido. La longevidad típica de estas regiones les da la razón. En otras palabras, la modorra postprandial es un sentimiento al que deberíamos hacer un poco más de caso.

 

A veces toca dejarse ganar cuando empieza el cabeceo. Es una manera de tomar control de la propia energía y tiempo, no una rendición ante la pereza. Con veinte minutos y una alarma fiable podemos enfrentar a los paradigmas que nos obligan a estar fatigados todo el día. Quién sabe, incluso puede ser lo que nos ayude a tener una ventaja respecto a nuestros compañeros que ya van por la cuarta taza de café del día.

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