23/04/2020

La bañera blanca

   Mamá solía bañarnos todos los días cuando éramos niñas. Primero llenaba la bañera de agua caliente y cristalina y luego nos metía dentro. Era más un juego para nosotras que una obligación, nos quedábamos más de una hora remojando nuestros cuerpos y jugando con todas las barbies que ella nos compraba, nos reíamos de nuestra piel arrugada por la humedad e interpretábamos el papel de abuelitas en un geriátrico, como lo estaba la nona desde que teníamos memoria. Pero el juego siempre llegaba a su fin. Mamá nos gritaba desde la cocina, donde seguramente estaba cocinando un buen plato de pasta, diciéndonos que ya iba a secarnos. Cuando ella entraba con su delantal negro por la puerta del baño, llegaba la segunda mitad del juego. Echábamos a la suerte quién debía salir primero. A la que le tocaba, mamá la envolvía con una toalla y la abrazaba por un largo tiempo, dándole calor. Era hermoso, como estar en tu cama abrigada por todas las sábanas. El lugar más seguro del mundo. Ese momento, cuando la toalla caliente te rozaba el cuerpo mojado y mamá te miraba con una sonrisa mientras respiraba aire caliente en tu brazo para que no te congelaras, era mágico. 

    —Dejá las bolsas en la mesa de la cocina, por favor —me dijo Paula al dejar su abrigo en el sillón lleno de juguetes de niño.  

    Nuestra casa nunca se había visto tan desordenada; mamá solo había tenido dos niñas, pero los cuatro varones de Paula hacían que todo lo ordenada que podía estar se quedara escondido bajo los autitos, pistolas y bloques que ocupaban tanto el living como el comedor e incluso la cocina. Tuve que correr hacia un costado el costurero de mi hermana junto con la tablet de Juan y unas remeras sucias que parecían de Tomás. Dejé las bolsas en la mesa y empecé a sacar todo lo que habíamos comprado. 

   —Paula, ¿dónde va el arroz? 

   —Donde siempre estuvo —me gritó desde el living con la voz agitada por tanto ordenar. 

   —Siempre estuvo en la alacena arriba de las hornallas, pero eso ahora esta lleno de otras porquerías —le grité yo.

   —Bueno, atrás de todas esas porquerías tengo los paquetes de arroz que ya abrí y los que todavía no. También está la pasta ahí y todo lo que no se pone feo.  

   —Ah, perfecto.

   Empecé a sacar porquería tras porquería, paquetes de sopa rápida, latas de atún, de tomate y de salsas listas para pasta.

   —¿Querés que empiece a cortar los tomates para la salsa? —le pregunté, asomándome por la puerta de la cocina. Aún seguía ordenando.

   —¿Qué tomates? —me dijo con una sonrisa—. Ahí en el lugar donde guardaste los paquetes de arroz hay una latita que vos la abrís y te viene la salsa lista. Es pomarola, solo tenés que calentarla. Me entendés dónde te digo, ¿no?

   —Sí, ya la había visto antes, pero pensé que íbamos a cocinar como corresponde.  

   —Cuando tengas cuatro monstruitos ahí, quiero ver qué te parece que corresponde —me dijo burlonamente.

   Puse el agua a hervir y empecé a calentar la salsa mientras esperaba para echar los fideos. Era triste e insípida, ni sabía ni olía como debía hacer la salsa, como lo hacía la salsa de mamá, la salsa de la nona, no, el olor de sus salsas se podía sentir desde la bañera del blanco cuarto de arriba, en su delantal cuando venía a arroparnos con las toallas y en sus manos durante el resto del día. Ese era el olor de la salsa de verdad, el que llevaba mamá cuando venía a secarnos. La comida estuvo lista antes de lo que esperaba y al poco tiempo ya me encontraba sentada en la mesa junto a mis cuatro ruidosos sobrinos, mi hermana y su esposo, Juan. Los niños comían los fideos aspirándolos y ensuciándose todo la cara con salsa roja, Juan estaba tomando una cerveza junto con su pasta y mi hermana luchaba contra Tomás para que dejara el celular. “Ridículo”, pensé. Ella misma le había comprado el celular a su hijo de catorce años y no dejaba que lo usara.

   —Yo a tu edad con suerte veía la televisión —le dije a Tomás. 

   —¿No había televisión cuando vos eras adolescente, tía? —me dijo él,  levantando por fin la mirada del aparato.

   —¿Te pensás que soy tan vieja? —le reclamé, revolviéndole el pelo—. Obvio que había televisión, pero tu abuela no nos dejaba mirarla, así que teníamos que entretenernos con otra cosa.

   —Pero, entonces, ¿qué hacían?

   —Leíamos, salíamos a la calle a jugar a la mancha, a la escondida, nos juntábamos con los vecinos, socializábamos —le dije mirándolo y levantando mis cejas.

   —Qué aburrido —me dijo, mirándome horrorizado.

   —Más divertido que estar pegado a esa cosa, seguro.

   —Sí, Tomás, tu tía tiene razón —le dijo su mamá desde el otro lado de la mesa.

   —Vos también estás todo el tiempo con el celular, tía.

   —Pero yo porque soy mayor y trabajo. Además, soy lo suficientemente madura como para saber cuándo no tengo que usarlo.

   —¡Ja! Te está diciendo que no sos maduro —le dijo su hermano Pedro, riéndose de él.

   —Callate —le respondió Tomás, y luego siguió una interminable pelea de gritos y palabrotas.

   Cuando era niña, las cenas solían ser mucho más tranquilas, solo éramos mis padres, mi nona y nosotras dos. La nona nunca hablaba, o al menos no lo hacía desde que yo tengo memoria. Estaba sentada en una silla, moviendo sus manos frenéticamente y con la mirada perdida. Sus ojos estaban vacíos, nunca expresaba una emoción, y se comía todo lo que le ponían en frente. A mis amigas les daba miedo, pero yo ya estaba acostumbrada; igualmente, mamá la llevó un día a una gran casa donde había muchas señoras como ella, con miradas perdidas y manos que temblaban sin control. La casa era linda, tenía las paredes blancas por dentro y un estilo colonial por fuera. Los árboles ocultaban las ventanas del piso de arriba y los arbustos invadían el camino de grava que llevaba a la puerta principal. 

   Papá decía que era demasiado cara y se lo recriminaba a mamá todas las noches cuando Paula y yo nos hacíamos las dormidas. Mamá le respondía que el alquiler de la casa de la nona les daba de sobra, pero él seguía empeñado en la fortuna sin sentido que se estaba gastando. Por eso la nona cambió de casa a los pocos meses. Su nuevo hogar era lindo, no tanto como el otro, pero mamá siempre me decía que este era más pequeño y que iba a poder hacer más amigas, que era más seguro porque no podía perderse en el parque tan grande que tenía el otro ni caerse por las hermosas escaleras de mármol que llevaban al segundo piso. “Igual había ascensor”, pensaba yo cada vez que me lo decía, pero prefería callarme. Parecía que no quería acordarse.

   —Bueno, te preparé una cama en el cuarto de invitados. Está un poco patas para arriba, pero como todavía estamos en remodelación, todo es un caos —me dijo mi hermana entrando a la cocina mientras yo me tomaba mi chocolate caliente antes de irme a dormir.

   —Gracias Pauli, pero ya mañana me vuelvo. No quiero abusar de tu hospitalidad —le dije con una sonrisa separándome de ella.

   —Alejandra, sabés que no estás abusando de nada, te podés quedar todo lo que quieras. Sos mi hermana y no quiero que vuelvas a desaparecer y no volverte a ver hasta navidad.

   —¡No desaparezco! —le dije riéndome—. Eso es una exageración, vivo a tres horas y no es que pueda venir todos los días.

   —Claro, y yo soy la que exagera. Juan hace dos horas en auto todos los días a su trabajo y papá viene desde Buenos Aires todos los fines de semana. Él podría traerte.

   —Ni que fuera el último ser humano en la tierra me subiría a su auto.

   —Como quieras. Pero por lo menos prométeme que vas a venir más seguido.

   —Está bien —le dije soltando un resoplido y mirando fijamente mi chocolate.

   —Gracias —me dijo y me apretó entre sus brazos—. Me voy a dormir.

   —Buenas noches.

   Me quedé en la cocina hasta que mi taza ya no tuvo más chocolate que rascar y luego subí las escaleras de caracol hacia mi cuarto. Estaba pintado color bordó, casi tan oscuro que parecía negro, la pintura se estaba desconchando, el techo estaba húmedo y tenía una rajadura enorme, y todos los muebles viejos habían desaparecido, excepto la pequeña cama de la nona.

   Me senté en el costado y las maderas rechinaron al contacto. La cama seguía teniendo la frazada tejida de la nona y su mesita de luz a un costado. “No voy a poder dormir en esta habitación”, pensé mientras recorría con mi dedo el mueble y veía cómo el polvo se pegaba a mi piel. Ser alérgica a los ácaros era lo peor en una casa tan antigua. Mi piel empezó a picarme y se puso toda colorada, sentía fuego en la garganta. Era como si bichos me recorrieran toda la cara. Hubiera preferido dormir en el piso del cuarto de Tomás. 

   Me paré retorciéndome por la picazón y me dirigí al baño blanco donde mamá siempre nos bañaba. Necesitaba darme una ducha larga y tomarme mis pastillas para no sufrir más la alergia. Mamá solía limpiar la casa con sumo cuidado. Recuerdo que el living estaba siempre ordenado, incluso minutos después de que nosotras lo arrasáramos, el mármol de la cocina parecía un espejo por su brillo, y el baño siempre estaba perfectamente blanco, no del blanco limpio, sino añejado como los baños antiguos, como las paredes del hospital o las paredes de la casa donde la abuela solía alojarse. Pero mi hermana llevaba lo del orden de otra manera. 

   No podía quejarme, era su casa. Era ella la que había decidido quedarse en el pueblo y vivir la vida que mamá había llevado, era ella la que se había encargado de mamá cuando ya no hablaba y le temblaban las manos como si se estuviera congelando. Pero me dio asco entrar al baño y verlo manchado de mugre, con rajaduras en el techo y humedad por los costados y los juguetes desparramados por el suelo. Me dio escalofríos al ver el moho por debajo del lavabo, abrí la cortina de la bañera y luego de una rápida mirada decidí que ya no necesitaba bañarme. Todo el blanco se había ido, todo el orden había desaparecido y la pintura poco a poco se iba resquebrajando. Parecía que esta casa seguía los pasos de nuestra familia.

   Bajé al living a sentarme en el sillón y tomarme otro chocolate caliente para combatir el insomnio. Agarré mi celular y me quedé perdida mirando todos los mensajes. La gente ya estaba enterada de que había desaparecido. Aunque me tomara vacaciones del trabajo, no podía tomarme vacaciones de la sociedad.

  Leí el mensaje de Fran entre todos los demás: <<Escríbeme cuando estés por llegar a casa. Quiero ir a recibirte>>

   <<Mañana>>, le respondí.

  Él se conectó inmediatamente y miró el mensaje en tres milésimas de segundo.

   <<¿A la noche?>>

   <<Sí.>>

   <<Perfecto, voy a estar allí>>

   Quería decirle que prefería estar sola, que anhelaba llegar a mi casa, acostarme en mi cama libre de polvo y llorar toda la noche bajo mis tres frazadas. Pero él sólo quería ayudar.

   <<Gracias>>, le respondí y apagué mi celular.

   El living parecía de una casa completamente distinta a la de toda mi niñez. Unos modernos asientos de cuero habían sustituido los sillones antiguos, la mesa redonda con mantel blanco bordado había sido reemplazada por una máquina de gimnasio que mi hermana soñaba con poder usar algún día, y el gran cuadro que se encontraba en la pared de enfrente se encontraba tapado por la televisión de plasma que mi cuñado había comprado. Lo único que seguía igual era el viejo tocadiscos que mi abuela había heredado de mis bisabuelos. Los aparatos modernos chocaban con las paredes desconchadas y la humedad de todas las habitaciones. 

   Sí, definitivamente esta casa era como nuestra familia, rota y vieja en muchas partes, moderna y gris en otras. Al igual que en nuestra familia, había cosas enterradas bajo capas de polvo, como mamá y la abuela, y cosas inservibles que ya no deberían estar, como el tocadiscos y papá, y cosas rotas como mi hermana, que intentaba sin sentido mantener una familia de la misma manera que mamá lo solía hacer, pero no le llegaba ni a los talones. Yo no era ninguno de ellos, sino que era más bien como el plasma, completamente fuera de lugar pero luchando por poder entrar.

   Al día siguiente me despedí de mi hermana como me había despedido de ella y de mi madre años atrás, cuando decidí dejar el pequeño pueblo para estudiar en la ciudad. Me despedí sabiendo que no iba a volver hasta el próximo funeral, siempre y cuando no fuera el de papá.

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