12/06/2020

PROHIBIDO PROHIBIR PROTESTAR

    Cualquiera puede anotar esquemas, dibujos o eslóganes en las pizarras dispuestas en los pasillos que comunican las facultades de la Universidad Central de Venezuela. Una pasó un par de años llena de definiciones y conceptos de un temario de psicología. La que más me llamó la atención en su momento rezaba: "Agresividad: tendencia a la acción correctiva". En las semanas posteriores, la Ciudad Universitaria fue testigo de numerosos enfrentamientos entre los estudiantes y las fuerzas policiales, militares y paramilitares del gobierno de Maduro. Nada más entre febrero y mayo del 2014 murieron 43 personas en las manifestaciones. La violencia todavía es la única respuesta estatal frente a las protestas en Venezuela.

 

A diferencia de la discusión científica y los proyectos de ley, la protesta es una herramienta directa y disponible para todos los que quieren señalar realidades que van desde lo inconveniente hasta lo intolerable. Incluso podemos hablar de algunos casos en los que el sentimiento que lleva a la protesta se traduce mejor en una obligación moral que una decisión razonada. No faltan los ejemplos célebres: Cristo expulsando a los mercaderes del templo, Gandhi violando el monopolio estatal británico al recoger sal del océano Índico con las manos, las marchas de los indígenas ecuatorianos en contra de dos presidencias consecutivas (primero por la explotación de sus tierras de Correa y luego por las medidas de austeridad de Moreno), una figura solitaria impidiendo el paso de una columna de tanques en la plaza de Tiananmén, Colin Kaepernick arrodillándose durante el himno nacional antes de jugar fútbol americano y una infinidad de masas sin nombres ni fechas famosas. La obligación del artista y el literato de levantar la voz no se diferencia demasiado de la que tienen todos los demás ciudadanos. Lo que debe aportar es empatía, sensibilidad por el dolor ajeno, para que otros reconozcan la humanidad de los más afectados.

 

Si bien se puede esperar de una institución como lo es la policía, es paradójico que otros civiles quieran impedir las protestas con las que no está de acuerdo. Los esfuerzos virtuales o reales de anular estas demostraciones son, en esencia, declaraciones de que todo está bien y que no hay motivos para quejarse. Luego de que se superara el confinamiento más estricto, la pandemia del coronavirus se volvió un argumento para condenar las manifestaciones a conveniencia, aunque una concentración en contra

 

  

del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, probó en Tel Aviv que se puede llevar a cabo este tipo de eventos cumpliendo con las normas de distanciamiento social.

La política partidista es de los mayores culpables de esta dinámica, que consiste en determinar que únicamente los problemas propuestos por quienes comparten una ideología tienen validez entre ellos. Todo lo demás es una distracción y una pérdida de tiempo, si es que no es un atentado contra sus principios. Esta polarización extrema se consuma en la "contramarcha", un reflejo sin vida propia que se apoya en la oposición para existir.

 

Hay un aspecto innegablemente creativo en la protesta. Los símbolos que trascienden a la historia, o simplemente una cantidad de gente que no se puede ignorar, son motores que funcionan para impactar al resto de la población. Ya los demás tendrán tiempo de decidir lo que opinan de las manifestaciones, pero la decisión de coartarlas desde el nivel más básico atenta contra su poder como herramienta, independientemente de las ideas expuestas en los carteles de cartón. Recriminar o "corregir" el acto mismo desde las ideas es un arma de doble filo que le resta credibilidad y efectividad en el futuro tanto para los propios como para los ajenos

 

La protesta no es ni debería ser su propio fin, sino que apunta a generar resultados reales dentro de un marco de tiempo razonable. Si no, todo queda en la estetización y el vacío. El afán de conseguir votos lleva a los partidos a intentar acumular todos los movimientos y causas que puedan justificar medianamente bien desde sus dogmas, pero su incapacidad para abarcarlos significativamente se vuelve obvia para quienes los toman en serio. No hace falta gritar todas las injusticias del mundo como si se tratara de una lista (aunque su difusión tenga un mérito mínimo, pero innegable). Tal vez sea mejor decidir qué es lo que más nos importa y colaborar significativamente para lograr un cambio, aunque no nos vean, aunque sea poco.

 

Ahora que siguen las protestas por el asesinato sistémico y continuado en gente de piel negra en EEUU, es mejor donar a un fondo de fianzas para sacar a los manifestantes de la cárcel que publicar un cuadro negro en redes sociales y entorpecer el flujo de información que se maneja en la etiqueta #blacklivesmatter.

*Editorial Graviola comparte esta pieza audiovisual sin reclamar autoría de ningún tipo. El autor de la obra y la intérprete están mencionados en los créditos a continuación: 

   

Obra: Ritratto senza voce (Billie Holiday)

Autor: Alberto Bernal

Plantilla: Percusión+video

Percusión: Carlota Cáceres

"El material de la obra está tomado literalmente de un vídeo de Billie Holiday cantando la canción Strange Fruit, basada a su vez en el homónimo poema de Abel Meeropol. El poema materializa una protesta contra el linchamiento de afroamericanos (aún) en los años 30; la canción está considerada como la primera protesta musical, en palabras y música, contra el racismo.
  La presente obra es una traslación literal de Billie Holiday y Strange Fruit en forma de un retrato al que se la ha quitado la voz (ritratto senza voce). A lo largo de todo el vídeo, frame a frame, cada fonema de texto se va sustituyendo por un mismo sonido de percusión que ocupa su lugar. Al mismo tiempo, una “segunda” obra se va construyendo en las pausas entre palabras: aquí, un silencio gradual emerge en el sonido, al tiempo que en el vídeo va vislumbrándose poco a poco una imagen de una realidad actual
".

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— Virgilio González Briceño

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