top of page

25/09/2020

Mínimo esfuerzo

A pesar de haber injuriado tal práctica mil veces en el pasado, me puse de acuerdo con Abraham, el director de Graviola, para hacer un pedido de comida a domicilio a través de una aplicación de teléfono. La naturaleza de mis críticas iban más allá de las (merecidísimas) quejas sobre el estatus laboral de los repartidores, que ya se consideran falsos autónomos según el Tribunal Supremo español. Es parte de una tendencia en la que la innovación busca el máximo ahorro de movimiento y energía mental por parte de los clientes. No aspiran a la mejora de la vida diaria, sino a enconar la pereza. Por lo menos, eso era lo que queríamos Abraham y yo, cuando nos encontramos sin saber que iba a suceder justo lo contrario.

El concepto es lo suficientemente sencillo, el proceso toma menos de cinco minutos y el único movimiento necesario es dirigirse a la puerta para recibir una bolsa de comida, además de que existía la posibilidad de conseguir descuentos por usar el servicio. Todo esto no fue lo suficientemente tentador como para que yo me hiciera cargo desde mi propio teléfono, por lo que le tocó a mi colega encargarse de la orden.

Luego de un problema que nos obligó a cancelar el primer pedido, pudimos repetir la orden (lo sé, la pesadilla de cualquier sitio de comida). Mientras se acercaba la medianoche, notamos que habíamos seguido hablando de cualquier tontería sin que llegara alguien con lo que iba a ser la cena. No contábamos con que, al llamar al restaurante, nos dirían que alguien ya había recogido nuestra cena.

 

Cuando insistimos en nuestro interrogatorio, nos dijeron que habían dado el número y el nombre correspondiente a la entrega.

—¿Qué nombre?

—Abraham.

Un par de llamadas más tarde, la agencia encargada de la aplicación nos devolvió el dinero que había costado la orden, pero eso era lo menos importante. Con un caso de usurpación de identidad entre manos, nos prometieron que iban a encargarse de investigar el asunto y que se pondrían en contacto con nosotros lo antes posible. En los días siguientes se olvidarían de nosotros. El restaurante tenía cámaras de seguridad, pero se rehusaban a enseñar las filmaciones sin involucrar a la policía, lo cual no estábamos dispuestos a hacer.

Lo más probable es que los encargados del establecimiento se hayan inventado al ladrón para poder cerrar con tranquilidad. Es mucho más simple que seguir pensando en que alguien logró acceder a tu identidad, sea virtual o legal. Es mucho más fácil que admitir que el uso voluntario de un servicio de comida haya puesto en riesgo todos los asuntos que confiamos a quienes únicamente piden tu consentimiento. En la ocasión anecdótica en que la búsqueda de la comodidad fracasó, es preferible pensar que la única pérdida fue la de la misma comodidad. Más importantes son, de momento, el jamón y el queso que están en la nevera y el pan en la despensa.

Más vainas

Cuento

— Daniel Franco Sánchez

Poesía

— Laura Estrada

Poesía

— Virgilio González Briceño

bottom of page