Teo Peñarroja

Virgilio González Briceño, autor Cattleya

Graduado en Periodismo y Filosofía. Ganó el Premio Diversidad e Inclusión del Ayuntamiento de Ávila y BBVA por el reportaje ‘Talentos diferentes para diseños de lujo’. En la actualidad escribe reportajes y edita textos en la re- vista Nuestro Tiempo, donde además pilota la transición digital del medio. En sus textos aparece la obsesión por la identidad —quién soy— así como la pregunta por la finitud, sobre todo en su manifestación temporal —por qué estamos siempre haciéndonos y nunca hechos— y la relación entre ambas en la escritura —qué hacemos cuando contamos co- sas, y en particular cuando contamos nuestra propia histo- ria—. Disfruta mucho de las chapuzas domésticas y este año ha empezado a interesarse por la jardinería.

(La Vall d’Uxó, España, 1996)

Captura de pantalla 2021-06-25 a las 9.3
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Sobre:

A contratiempo (Cuenta, 2021)

Al editar este texto después de unos cuantos años, me he descubierto a mí mismo en dos actividades principales: matizar y eliminar adjetivos. Supongo que crecer es eso, abandonar el maniqueísmo y desadjetivar para que quede solo lo sustantivo. Me ha resultado vergonzoso pero divertido descubrir mi mundo interior adolescente en los personajes de este relato, que son todos arquetipos excepto uno que, claro, era yo. Martín Caparrós dijo no sé dónde que a los veinte años escribió su primera novela, que trataba de lo único que él sabía escribir en aquella época, de sí mismo.

La chica que esperaba en la puerta del baño, por ejemplo, no es más que la cristalización de un par de poemas de Miguel d’Ors: Carta (A ti, que serás siempre La Ignorada,/ a ti, que llegaste a quién sabe qué lugar/ cuando yo acababa, ay, de salir de él,/ o perdiste aquel tren, no sé cuál, que te hubiera traído/ al centro de mi vida) y Canción para una chica que lloraba sola en Taramay el 25 de julio de 1979 (Pero quiero decir que esa lágrima tuya,/ cayendo inconsolable/ de tus años -tan dulces, tan amargos, tan quince-,/ desbarató la tarde). Uno, cuando escribe, no hace más que copiar lo penúltimo que ha leído.

Los “hombres grises” son todo lo que yo, en aquella época, quería no llegar a ser: una tribu de gente con éxito pero sin alma. El mulato de metro ochentaitrés y ojos verdes era el amor platónico de una chica de mi clase. Las camareras son el arquetipo de la paternidad que no quiero ejercer, que encuentra problemas en todo y jamás una solución. La hija de ella es el adolescente que yo quería evitar. Dicho mal y pronto, una tonta.

La metáfora de Olek, aunque está un poco más trabajada que los otros personajes, tampoco tiene nada de particular. El sordo que escucha con los oídos del alma al que toman por loco porque los demás tienen el espíritu embotado. Yo me identificaba con ese personaje, claro: un espíritu libre, incomprendido, sensible. Un profeta. Incluso caudillo. Hasta ahí llega la megalomanía de un chaval, hasta darle al loco la batuta con la que estaba llamado a dirigir el baile. Como se aprecia enseguida, la idea no es original; se trata de una vuelta de tuerca a aquello de que “el sordo cree que los que bailan están locos”, una cita que internet atribuye a un tal Jorge Bucay. El caso es que aquí el sordo es el único que oye, quizás por una referencia bíblica inconsciente. Cristo dice: “Id y decid a Juan: los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos curan, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados”. Esa era la señal de que había llegado el Mesías y, con él, la salvación. Quizá el personaje tiene algo de eso, de promesa. Si aquí hay un sordo que oye, debe ser que el reino de Dios está cerca.

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