25/08/2021

Adelanto: Antología "Cuenta"

Acomodo

Primero fue su papá. Iba en su Mercedes Benz, que le había costado bastante comprar, apurado como siempre. Un Renault se le atravesó y al maniobrar para esquivarlo, la colección de cupones que llevaba en el puesto de copiloto se convirtió en el eje sobre el cual giraba el auto en el aire. Quedaron en pérdida total, el auto y el papá de Juan Gonzalo. La cremación fue breve, pocas personas asistieron. La mamá de Juan Gonzalo se esmeró para que todo quedara perfecto: sus hermanos llorando y él haciendo cualquier mandado que le pusiera su madre; que arregle una cinta ahí, que acomode las flores allá, que la lleve a reclamar el seguro, que atienda a su tía Cecilia, que le pague a la funeraria, que le pase las pastillas. La urna con las cenizas, encima de la chimenea donde pasaban las tardes.

    Su hermano mayor fue luego. Un borracho en un carro, no pudieron ver el cuerpo después. La cremación se volvió una costumbre aunque esta vez asistieron más personas. Las cintas, las flores, la indemnización, la tía Cecilia, la funeraria y las pastillas. Poco después de un periodo sombrío en la casa grande y vacía, esta se convirtió en un proyecto de la madre de Juan Gonzalo. La chimenea se transformó en un altar con fotos, las medias de bebé del hermano de Juan Gonzalo, un espejo que le había parecido ‘chic’ a su mamá, unas velas que encendieron dos veces y luego solo cuando iba a visitar Cecilia con sus oraciones, y las dos urnas que vieron cambiar el resto de la casa. Los muebles se movieron de lugar, se botaron algunos y se compraron otros, siempre había comida preparándose y la casa estaba más limpia que nunca, hasta renovaron los muebles del cuarto de Juan Gonzalo. Cambiaron la vieja mesa de noche por una más moderna, pusieron un escritorio, nuevas luces, otra cama y otras colchas, lijaron las tablas del piso rayadas y les aplicaron barniz.  

    Meses después, la mamá y la hermana menor presentaron unos dolores extraños. Algo de los cromosomas XX, heredado de su  abuela. Les mandaron algunos tratamientos pero no resultaron. Cada día era algo más y peor, pronto la casa estaba vacía, solo estaban en el hospital. Después de unos largos meses, en la casa solo quedaba una persona, él, Juan Gonzalo. La cremación fue grande, esta vez se había encargado su tío, pues Juan Gonzalo estaba muy ocupado hablando con familiares y amigos que ‘no podían expresar la pena que sentían’ y que ‘si necesitaba algo, ahí estarían’. Juan Gonzalo decidió quedarse unos días con Cecilia, era insoportable. Los rosarios cada mañana y noche, el tapete oloroso con manchas y el silencio sepulcral lo empujaron a mudarse justo después de graduarse del colegio.

    Contactó con una inmobiliaria para que vendiera la gran casa, que ahora era solo suya, y poder así comprar un apartamento. Entre seguros, indemnizaciones y herencias tenía lo suficiente para vivir bien, pensaba viajar a ese lugar que siempre habían planeado durante las vacaciones antes de empezar a estudiar. Antes de vender la casa y sacar todos los muebles, quiso prender por última vez la chimenea. Ahí arriba estaban las cuatro urnas con fotos, juguetes, medias, los anillos de boda, las velas de la tía Cecilia y el espejo ‘chic’ que había comprado la madre de Juan Gonzalo. En el espejo, él; huesudo, con el pelo largo, los labios delgados, y los ojos marrones y grandes. 

    Unos meses después llevaba las cuatro urnas torpemente por el aeropuerto. Explicaba a los oficiales de aduanas lo que contenía cada una y se veía obligado a mostrar a su familia. Al llegar a su destino ninguno de los cuatro mostró el color azul turquesa, salieron todos negativos para clorhidrato de cocaína. En el hotel le ayudaron con la maleta, su padre y su hermano. Pidió que los pusieran en la mesa del balcón que miraba al mar y la playa paradisíaca que tanto habían anhelado visitar. Al día siguiente iba a esa playa remota que veían en fotos todo el tiempo. Ahí la arena blanca y fina acariciaba la planta de los pies, la que había sido mojada por la arena era como un suave colchón y el agua limpiaba y refrescaba sus piernas cansadas. A ninguno de la familia le dejó probar siquiera el agua, las urnas volvieron intactas al hotel. Lo mismo se repitió por días, el balcón, la playa y el balcón hasta que fue el balcón, la playa, el balcón y el torpe recorrido por el aeropuerto donde al volver sus cuatro familiares seguían sin producir aquel azul turquesa. 

    En el nuevo apartamento no había chimenea, pero encontró un lugar perfecto para los cuatro. Una repisa en la sala, una simple tabla de madera donde cabían cómodamente los cuatro difuntos sin estorbarse junto al resto del altar que había armado su madre. Donde pocos años y muchas arrugas después también se acomodaría junto a las cuatro urnas y la de Cecilia, fotos, juguetes, medias, anillos de boda, las velas de la tía Cecilia y un espejo ‘chic’ que había comprado Juan Gonzalo unos años atrás.

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Antología de cuentos. Esta colección se compone de relatos escondidos entre notas y apuntes, rescatados por profesores diligentes para encontrar buenas historias.