31 de marzo de 2022 22:00:00

Un grito unánime

Al volver de uno de los viajes que hizo a Sarajevo en medio del asedio a la ciudad, Susan Sontag escribió sobre la renuencia de la clase intelectual estadounidense y europea de siquiera referirse a la guerra de Bosnia, "el cuarto genocidio de una minoría europea" en el siglo XX. A pesar de ser un conflicto inimaginablemente cercano, la acusación de la escritora señalaba que el silencio parecía no apelar a quienes debían levantar la voz en contra del infierno que sufrían sus vecinos. "La identificación del fascismo o el imperialismo o las dictaduras al estilo bolchevique con el principal «enemigo» ya no ofrecen un marco (a menudo simplista) para la reflexión y la acción", reclamó, comparando el silencio de los literatos con su entusiasmo reivindicativo en décadas pasadas. Tal vez hubiera recuperado la fe en el poder de los escritores que le faltaba a Kurt Vonnegut cuando pronunció una cita sobre una situación parecida: "Durante la guerra de Vietnam, todos los artistas respetables en este país estaban en contra de la guerra. Era como un rayo láser. Todos apuntábamos en la misma dirección. El poder de esta arma resultó ser el de un pastel de natillas soltado desde una escalera de seis pies de altura".


Cuántas diferencias no se podrán contar con este grito unánime que se escucha desde hace un mes en contra de la guerra en el territorio ucraniano. La respuesta europea ha atendido las protestas escuchadas en todo el territorio para penar las acciones de los responsables de la invasión y abrir los brazos a los que escapan de la tierra quemada por bombas y misiles (queda para otro día la discusión de si se puede replicar esto último en el futuro). Desde los que se llenan las botas de barro informando en los diferentes frentes hasta los que abren sus puertas para recibir a los escapados, los actores menos famosos del conflicto han tomado una decisión apuntando a lo que les parece lo más justo, sentándose a pensar en lo que significa y lanzándose a defenderlo. De cierta manera, no es absurdo afirmar que la masificación de la información ha logrado democratizar la clase intelectual.


Pero este privilegio, que deviene

derecho y deber, acarrea el compromiso de frenar los primeros impulsos retóricos para poder leer y escuchar a quienes se han ganado nuestra confianza a pulso. En una situación donde resulta tan fácil recaer en los binarios morales (y eso sin contar las campañas estatales de propaganda), siguen reinando las tentaciones de la xenofobia, que borraría toda expresión que tenga lo mínimo que ver con Rusia, la carrera armamentística, que promete seguir inundando el mundo de herramientas de muerte, y los encasillamientos identitarios que embuten el mundo entero en esquemas divisivos.
Estos ejemplos son apenas una muestra de los infinitos retos ante los cuales los intelectuales de antaño se han enfrentado y, en no pocas ocasiones, han fracasado (como pasó con el apoyo de ciertos escritores occidentales a las purgas comunistas en la Unión Soviética y China). Tenemos los ejemplos y contraejemplos de las generaciones que nos anteceden para no reivindicar errores históricos, aquellos que nos resultan tan fáciles de diagnosticar cuando ya han pasado cien años. "¿Cómo se les ocurrió algo así?", preguntamos sobre nuestros predecesores, como si no fueran a pensar lo mismo de nosotros.


Por suerte, el nuevo milenio nos concede no solo la oportunidad de buscar la verdad polifónica en tales conflictos, sino también de ejercer acciones directas para aliviar el sufrimiento del otro. Las iniciativas de donaciones y voluntariados han sacado lo más brillante de las personas que en otra época se hubieran quedado con el nudo en la garganta que causa la impotencia. La capacidad de acción queda limitada por la propia imaginación y no hay acto bueno que resulte demasiado pequeño, incluso si no incide de forma directa en lo que otros insisten en llamar "lo más importante".


La plaza frente al Teatro Nacional de Bosnia lleva el nombre de Susan Sontag. Es un homenaje que conmemora la representación de "Esperando a Godot" en el verano de 1993, dirigida por la estadounidense en pleno asedio. Sus esfuerzos no lograron la respuesta internacional que exigía, algo que probablemente preveía si nos apoyamos en el argumento de la obra de Beckett, pero recordamos aquel gesto por haber reconocido la humanidad de las personas que otros daban por perdidos.

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