20 de enero de 2022 23:00:00

Tac-tac-tac-tac

Rayaba la medianoche cuando Juan Pablo Rodríguez sacó la máquina de escribir. Era anaranjada y tenía un lado descubierto por donde se podía ver el engranaje interno. Tenía una tecla para la eñe, pero le faltaba el signo de apertura de interrogación, una curiosidad para lo que debería ser un teclado en español. En un ejercicio de inmediatez, empieza a teclear. Se trata de dejarse llevar por el pensamiento, dice, y que este quede plasmado en tinta. La cadencia que genera, tac-tac-tac-tac-tac, tiene una musicalidad diferente a la metralla irregular de quienes redactan con herramientas más modernas. El ritmo invita a seguir escribiendo. No rescata los fragmentos, no tienen valor más allá del desahogo. Cuando se detiene, no pierde un segundo en explicar cómo reemplazar los tornillos, cambiar las teclas y sustituir la cinta, una autonomía inimaginable para los aparatos que solemos usar para la misma tarea. Esta es una máquina para toda la vida.

Hasta cierto punto, admite nuestro docto asesor literario unas semanas más tarde, se trata de algo que es más romántico que práctico. La dificultad para corregir y reorganizar los textos da como resultado que cada uno represente un momento único en el tiempo. Esta instantaneidad permite vislumbrar cada parte del proceso de la escritura, produciendo lo que solíamos llamar un manuscrito. Un borrador, si hablamos de literatura, una fase previa a la obra final. Un paso, me atrevería a decir, que ya no existe hoy.

La pérdida del público lector no es considerable: una cantidad de hojas más difíciles de leer que una edición corriente y con un valor proporcional al de un autógrafo. Las verdaderas víctimas son las instituciones académicas, que ya no tienen acceso a un instrumento fundamental para estudiar a los autores con una profundidad que no pueden ofrecer ni las más íntimas autobiografías: la noción de cómo construyen su obra.

Las reestructuraciones gramaticales, el cambio de algún adjetivo y las tachaduras son una manera única de explorar lo que opina un escritor sobre su literatura y sobre sí mismo. Recuerdo un verso de César Vallejo que en el facsímil del manuscrito rezaba “El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel de Madagascar”, con el nombre de la isla tachado para ser reemplazado por “Perú”. Es una decisión para reflejar la vivencia del poeta cuando estuvo encarcelado en Trujillo, ¿y cómo alcanzaríamos esta mínima revelación de otra manera?

Además del estudio literario y biográfico de los manuscritos, existe otra forma amenazada por el olvido: la correspondencia, sustituida por su equivalente digital. Poco se puede decir respecto a las ventajas logísticas de los medios electrónicos, pero quedan unos detalles que caen en el olvido de manera simultánea: el cuidado en la composición y el valor del archivo. Más allá del fetiche respecto a las tecnologías anticuadas, cabe el luto por la desaparición de un género. El intercambio personal de cartas, sin apuntar a la posterioridad y concebida en la privacidad (exceptuando los casos donde los autores, conscientes de su fama, las editan como cualquier otra obra) no volverá a ver la luz en el estilo que conocemos de tantas publicaciones trascendentales y con una variedad infinita. La epístola queda relegada a una ficción condenada al costumbrismo histórico o a la imitación burda de la mensajería instantánea.

Habrá quien señale la excepción como quien habla de los aficionados a los discos de vinilo. Todavía se mandan postales. Todavía se escribe a mano. Permítaseme replicar que quien escoge estos modos lo hace sabiendo que no es lo común. Tal vez ahí resida su atractivo: al dejar de ser lo más eficaz, cobra valor por ser diferente. Así formamos rituales, formales y solemnes, que unen cada vez a menos personas.

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