15 de julio de 2021 22:00:00

Sonríe para la foto

Tengo frente a mí una postal sin sellos ni firma, un cuadrado vacío y amarillento. En el dorso hay un grabado de un hombre tapándose la cara con las manos. Es una reproducción calcada de una foto de hace un par de años, de la que yo era el sujeto. No quería que me fotografiaran. Es una de aproximadamente cuarenta postales que han viajado hasta Sevilla, San Fernando de Cádiz, Madrid, A Coruña, Tenerife y cualquier otro lugar al que se le pueda haber ocurrido a quienes le compraron una a Abraham, director de la editorial, en su momento.

Todavía me cuesta quedarme quieto frente a una cámara. Es algo de hace tiempo, después de pasar mi infancia haciendo morisquetas a las analógicas de familiares y amigos. Nunca hubo una decisión consciente ni un punto de inflexión, solo una incomodidad gigantesca que no había sentido antes. Entre los chistes de que las instantáneas 'robaban' el alma y los escándalos sucesivos de ciberseguridad que marcaron las primeras décadas del siglo XXI, mi antipatía hacia la difusión de mi propia imagen alcanzaba niveles neuróticos. El motivo no era importante, pero evitar aparecer en fotos se fue volviendo más difícil mientras los teléfonos con cámaras se volvían ubicuos y el dominio cultural de las imágenes se volvía absoluto. Así, la cara y la identidad de cada uno dejaban de formar parte de la intimidad para volverse una especie de propiedad pública.

Tal vez era mi intimidad lo que quería salvaguardar. Todavía recuerdo cuando un amigo, lo llamábamos

Pete, me aseguró que me iba a arrepentir cuando envejeciera un poco más. Creo haberle respondido que no quería encargarle mis memorias a un registro que estuviera disponible para tanta gente. En todo caso, ¿qué tenía de malo una pequeña desaparición?

Entonces, ¿por qué dedicarse a los ámbitos de la comunicación y la literatura, en los que el mensajero pesa tanto como el mensaje? Aquí, la ironía es clave. No todos tenemos el lujo de volvernos un Thomas Pynchon, de quien se conoce apenas media docena de fotos viejas. El nombre y la cara son la moneda más valiosa con la que se trafican los escritos y no hay complejos que valgan al momento de sacarlos a la luz. Un sentido exagerado de discreción choca con el afán de protagonismo que parece exigir el sector.

Tal vez sea por eso que siento una puntada de orgullo mezclada con el fastidio al verme representado en una impresión, en millones de píxeles o, en este caso particular, en tinta. Es un sacrificio nimio en esta línea de trabajo, más todavía cuando el objeto de mi sufrimiento se pierde entre miles de millones de imágenes iguales. Pero sigue costando, especialmente con lo que leemos a diario sobre la automatización del reconocimiento facial y demás demonios de la era digital que se vuelven parte de nuestra vida diaria, muchas veces con el consentimiento de una mayoría. Aunque a estas alturas, lo confieso, me hace gracia pensar en la casa de algún pueblo en el norte gallego que adorna mi cara tapada, multiplicada.

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