3 de febrero de 2022 23:00:00

Morir de frío

Hace varias semanas un conocido se nos unía en una reunión relatando un encuentro que había tenido al entrar en el edificio en el que nos encontrábamos. Una señora de cierta edad que se encontraba tirada en la escalera le había pedido ayuda, pero él la había ignorado mientras la adelantaba. Inmediatamente, la anfitriona y un par de personas más salieron para auxiliar a la vecina, que sufría de esclerosis múltiple y tuvo que ir al hospital en un taxi. Ante el clamor de quienes lo recriminaban, el protagonista de esta anécdota respondía: "¿Qué sabía yo si me iba a sacar una navaja?".

Si me acuerdo de esto, es por la noticia de la muerte de René Robert, el célebre fotógrafo de las figuras más importantes del flamenco, a finales de enero. Robert había salido a pasear durante la noche cuando cayó en la Rue Turbigo, en París, y no pudo levantarse. No sabemos qué causó su colapso ni si se encontraba consciente. Mientras pasaban las horas, las personas que andaban por la calle no le hacían caso al hombre tumbado en la acera. Quien terminó auxiliándolo fue una persona sin hogar que llamó a los bomberos, que no lograron salvar la vida del suizo.

Lo que diferencia este suceso de los que suelen sufrir los indigentes a manos de la violencia, el frío y el hambre es el renombre de la víctima, cuya brillante carrera se ve eclipsada por este episodio después de haber expuesto su trabajo, lleno de vida como la música que amaba, en Roma,

Paris y varios lugares. Los periodistas locales suelen hacer un gran esfuerzo para informar sobre las cuitas de los sintecho, pero son noticias que que solo logran aprovechar las fundaciones y organizaciones que actúan a favor de esta población. En este sentido, el impacto fue darnos cuenta de que le puede pasar a cualquiera.

La ciudad es un cultivo para la insensibilidad. Es algo que a estas alturas ya debería quedar claro. En aquellos ritmos no hay espacio sino para la desconfianza, una mentalidad que puede parecer hasta razonable dentro del contexto urbano. Así, la vulnerabilidad, la enfermedad y la miseria se vuelven extranjeros para los que no los tenemos presentes todos los días. Cuando el quid de la cuestión deja de ser lo que deberían haber hecho estos transeúntes específicos y se vuelve lo qué haría cada uno o, mejor dicho, lo que harías tú, chocas contra toda una cultura. Que tire la primera piedra, etcétera etcétera. ¿Sería esto lo que hacía falta para que hablemos de la necesidad de que nos cuidemos entre todos?

Quienes saben del asunto dicen que la muerte por hipotermia es de las más tranquilas. El dolor deja paso a una pérdida de sensación en las extremidades que va extendiéndose en todo el cuerpo. Los escalofríos violentos desaparecen y un profundo sueño encubre la incapacidad de movimiento y la pérdida de consciencia que preceden a esta fase. Dicho así, pareciera que las almas también sufren un invierno largo.

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