4 de septiembre de 2022 10:00:00

La tiranía de la primera línea

Es complicado empezar con un 'memento mori' para hablar de algo tan ligero, pero no por eso debemos rehuir aquella verdad que nos aterra: no vamos a poder leer todo lo que nos gustaría. No da la vida. Es lo que nos fuerza a decidir qué nos gusta y a formar un criterio con el cual escogemos nuestra próxima lectura. Y una vez que la tenemos en frente, ¿cómo decidir qué vale la pena terminarla?
 
Esta es una cuestión que no abandona las cabezas de quienes se dedican a la escritura, y uno de los dogmas más fuertes del sector señala perpetuamente a la importancia del primer párrafo. O, si cabe una corrección más ajustada al parecer de ciertos editores y redactores jefe, la importancia de la primera línea. Adiós a los complejos generacionales de sentirse obligado a leer todo lo que se comienza, que bastante tragamos por su culpa. Ahora hay menos tolerancia que nunca ante las ofensas (intencionadas o percibidas) de la literatura, un hábito saludable frente a la falta de calidad que podría atentar en contra de nuestro tiempo. Pero, como todo en la vida, es fácil abusar de este poder.
 
Puede que hoy nos enfrentemos a los lectores más impacientes. Claro, competimos con videos de veinte segundos, tertulianos que te resumen todo lo que necesitas para "estar al día" y una tendencia a la escritura hiperliteral y antiintelectual. Cosas que se olvidan apenas se abandonan por no invitar a pozos más hondos de análisis y reflexión.

Los introitos suelen ser las primeras víctimas cuando se vuelven artificiales y chocantes.

Me gusta poner de ejemplo la ciencia ficción, tierra fértil para algunas de las metáforas más potentes de la ficción. El género se ha visto inundado por historias que tratan cada línea como si fuera la primera, priorizando el impacto inmediato sin desarrollar sus elementos y dándole la razón a quienes se burlan de él. Todo por sostener la atención del lector, el mismo que las deja porque "no les atrapa". ¿Y no es eso un tipo de tiranía?
 
Coincidamos en que todo se escribe para que alguien lo lea, es el fundamento del oficio. Coincidamos también en que un buen texto no tiene por qué arrodillarse y rogar por su vida apenas empieza. Una primera línea no debe agarrar por el cuello al lector, sino ganarse su confianza. Es la diferencia entre pescar con anzuelo y lanzar dinamita al agua.
 
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"Bien. Desde ahora, Génova y Lucca no son más que haciendas, dominios de la familia Bonaparte. No. Le garantizo a usted que si no me dice que estamos en guerra, si quiere atenuar aún todas las infamias, todas las atrocidades de este Anticristo (de buena fe, creo que lo es), no querré saber nada de usted, no le consideraré amigo mío ni será nunca más el esclavo fiel que usted dice. Bien, buenos días, buenos días. Veo que le atemorizo. Siéntese y hablemos".

"Guerra y paz" podría tener uno de los peores comienzos que he leído en mi vida. Imagina abandonarlo por eso.

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