21 de octubre de 2021 22:00:00

La calle

Una de las mayores victorias del peatón en el espacio urbano es el banco público, aquel asiento al aire libre que le permite observar a todas las demás personas que corretean de un lado a otro. Es un privilegio afín al del ’flâneur’ que vaga por las calles de la ciudad sin objetivo ni propósito, pero a este observador análogo no le hacen falta esas velocidades. Los viandantes y los carros se funden entre ellos mientras van pasando, pero quien descansa las piernas se empieza a parecer más a los árboles que vigilan el paisaje. Esta libre disposición del propio tiempo es una de varias vías para escapar de los paradigmas utilitaristas contra los que reclamamos tanto, pero con la particularidad de ocurrir en lugares públicos, una verdadera conquista.

Estos banquitos son una expresión de la atracción que posee la calle como ambiente habitable. Pascal defendía el hogar como un espacio para la reflexión, cuya falta era la raíz de gran parte de los problemas más profundamente humanos, pero si estar en un cuarto sin estímulos externos ni compañía es una oportunidad para practicar la introspección, el espacio público ofrece mil ocasiones para darle la vuelta a la misma facultad. Salir a donde ocurren las cosas es acercarse al mundo real, saciar esa curiosidad que hoy suele depender de las pantallas. La reducción de la presencia de automóviles en ciertas zonas es una iniciativa que apunta en esta dirección, pero esta indulgencia no es suficiente para dar por supuesto que durará siempre. El reino del peatón siempre enfrentará amenazas.

Tomemos como ejemplo a las personas sin hogar, los verdaderos herederos de la calle. El auge de la arquitectura hostil es la primera ofensiva contra la potestad de la ciudadanía en el espacio público. Incluso los banquitos se diseñan con reposabrazos

para evitar que alguien pueda dormir en ellos. Lo común es que piensen en los indigentes como no-personas, unos objetos que forman parte del escenario callejero, pero hace falta una buena medida de ingenuidad para pensar que esta mentalidad solo afecta a los más desafortunados.
También el ocio responsable puede toparse con varios riesgos si no cuenta con el beneplácito de las autoridades. Un caso relevante es el de DJ Reimy, célebre en Navarra por andar en una bicicleta con un sistema de sonido incorporado. En agosto, la policía multó al sadaco e incautó numerosos altavoces tras una denuncia en su contra como “presunto organizador” de una fiesta en exteriores. No está claro cómo triunfan la ley y el orden en casos así.

Pero la amenaza más grave para el dominio ciudadano de la calle es y siempre ha sido la inseguridad en todas sus facetas. La violencia y la criminalidad mantienen a tanta gente encerrada como lo hizo en su momento el confinamiento decretado por gobiernos de todo el mundo, con mayor o menor apego a las recomendaciones de los epidemiólogos. Cuando los espacios abiertos son un peligro, se reducen a rutas entre puntos de partida y destinos. Es un conflicto que tiene a la corrupción y la falta de cultura como raíces, amenazas perpetuas en cualquier sociedad, por mucho que las asociemos a sociedades fuera del llamado “primer mundo”.

Cuidar y ocupar estos espacios va más allá de ideologías. Hace falta reclamar carriles para bicicletas, recuperar las manifestaciones presenciales de cualquier tipo, no solamente quejarse desde casa, y sí, encontrar una ocasión para hacer uso de los bancos públicos. Claro, habrá otras cosas en qué pensar en ese momento en particular, como los fragmentos de conversaciones de extraños y el color de las hojas de los árboles.

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