30 de septiembre de 2021 22:00:00

Innovación y descaro

"No hay nada nuevo bajo el sol", reza una expresión milenaria en el libro del Eclesiastés. A día de hoy, no estamos seguros de su autor, aunque se consideró durante años que se trataba del rey Salomón. Quién sabe todo lo que habrá visto para soltarnos esa frase hace tanto tiempo. Muchas vueltas ha dado la tierra desde entonces y seguimos teniendo discusiones parecidas sobre la originalidad en el campo artístico. Después de las tendencias y experimentos del siglo XX, ya es prudente admitir que la novedad no es necesariamente el objetivo que debe primar por encima de otras consideraciones. Por otro lado, desecharla representa otro peligro muy distinto, como nos hemos dado cuenta a las malas.

Pongamos el ejemplo de la música popular. En los últimos años hemos observado un aumento en las demandas por plagio entre algunos de los intérpretes más famosos del mundo. La ex "chica Disney" Olivia Rodrigo ha repetido la experiencia de Ed Sheeran y Lana del Rey al enfrentar litigios por supuestamente haber copiado los acordes de canciones de Paramore, Marvin Gaye y Radiohead, respectivamente, a pesar de no tratarse en ningún caso de los primeros ejemplos de los mismos. Todo esto a pesar de que registrar los derechos de autor sobre secuencias armónicas es un absurdo que no solo ignora por completo la historia y los métodos de la composición musical, sino que también limita las formas expresivas. El 'sampling' en el hip hop es una de las víctimas de esta mentalidad, que pone la capacidad de pagar regalías como condición para el uso de grabaciones ajenas. Así es como se pierden las revoluciones culturales.

Si bien la ley debe proteger a autores de plagiadores seriales (varios de los cuales gozan de fama internacional a costa del sudor de artistas menos conocidos), debe atender las particularidades del proceso creativo, cuyos frutos no brotan 'ex nihilo'. Las convenciones, los tropos y hasta los clichés tienen una razón de seguir apareciendo, y ahora se encuentran al alcance

de todo el mundo para que los tuerzan, volteen y revuelvan. El arte no tiene otra forma de evolucionar. El problema surge cuando sus artífices se acomodan en lo que saben que funciona.

Volteemos a mirar el cine. No hay ninguna duda de que se están realizando proyectos extraordinarios, con historias y perspectivas frescas, pero estos están siendo empujados a los márgenes, cada vez más lejos del público general. Los esfuerzos de las productoras más grandes, especialmente la compañía del famoso ratón, han averiguado que el éxito (monetario) pasa por las franquicias con sus propios seguidores y las fórmulas que diluyen todas estas propiedades para rehacer las mismas películas una y otra vez. Además, sus esfuerzos para monopolizar el mercado deja menos opciones a la audiencia, que observa cómo las carteleras de los cines se parecen mucho a las del mes pasado y el anterior, aunque cambien los nombres. Lo más probable es que el producto final no sufra necesariamente por su mediocridad, pero sí por un profundo estancamiento de la imaginación.

Este cinismo permea también otras disciplinas donde la decisión de repetir estructuras y arquetipos nos han dejado millares de obras intercambiables, parte de una maquinaria que se mantiene a punta de recetas sin sabor. Los diez mil libros de literatura juvenil distópica que aparecieron hace algunos años tenían la posibilidad de volverse algo mucho más emocionante que lo que terminaron siendo, una reiteración de los pecados más flagrantes de los sendos géneros de los que nacía.

Todo vuelve, es así desde siempre. Pero cuando se puede desmenuzar una obra para calcular sus influencias estilísticas como si se tratara de un ejercicio aritmético, hay algo que se está dejando de cuidar. Ahora se bebe mucho de los años setenta en el mundo anglófono, del que ya hemos tenido bastante como para que no miremos a otros lados del mundo. La originalidad pasa por reconocer las fuentes de las que bebemos, pero por favor, un poco de orgullo.

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