17 de junio de 2021 22:00:00

El pasaporte

Suelo soñar con un viaje en moto que cruce varios países. A través de ciudades, montañas y campos, la carretera sería mi única guía. Solo existen dos problemas: que le tengo pánico a montar en moto, por lo que jamás he manejado una, y que, igual que cada tantos años, no sé cuándo voy a poder renovar el pasaporte.

Los problemas con el sistema de inmigración en España están bien documentados, y no faltan las tragedias de quienes chocan contra sus muros. Sin ninguna intención de minimizar estos sufrimientos, quiero defender un cierto aspecto del modelo español: es más o menos predecible. Esta sencilla razón lo hace parecer el cielo comparado con uno de los adversarios más recios que enfrenta el venezolano en el exterior: el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (no me atrevo a escribir las siglas porque mi trámite sigue abierto a día de la publicación de esta columna, quién sabe si el empleado encargado de su aprobación disfruta de la literatura latinoamericana contemporánea).

De manera parecida a otros procesos administrativos, la migración es un ejercicio de fatiga. Cada paso es una oportunidad para que el interesado se frustre y se rinda. Sin embargo, el servicio venezolano, como pueden atestiguar millones de compatriotas, sufre por tener una infraestructura informática tan pobre que a veces es imposible acceder a ella, además de una plantilla con la que es virtualmente imposible contactar y que, cuando lo logras, te redirige a las páginas con las que llevas semanas peleando. Aunque, en realidad, debería decir que los que sufren son los susodichos. Es apenas una de las aristas del problema que inunda toda la maquinaria administrativa que permite o no la migración.

Entre las incontables anécdotas que ilustran este problema, tengo la suerte de haber pasado las más peculiares hace varios años. En un caso, la oficina en donde tenía que buscar un certificado de salud había sido víctima de un robo el día anterior, o por lo menos esa era la excusa que me dieron mientras le caían a patadas a una puerta que no quería abrirse,

detrás de la que se encontraba el documento que necesitaba. Era la tercera vez que iba al lugar. En otra ocasión, me mandaron a convalidar unos documentos en unas oficinas que quedaban donde Cristo perdió la chola. Pasé más de siete horas en una cola que serpenteaba a través de pasillos, escaleras y, finalmente, un patio interior. Al llegar frente a la chica de la que necesitaba apenas unos sellos, ella miró los papeles que le entregué y me informó escuetamente que aquel no era el lugar donde me tocaba realizar este trámite.

Kafka imaginaba que las burocracias de sus pesadillas eran laberintos infinitos, una cadena de uróboros. En estas visiones, la lógica terrenal servía de poco en el momento en que la ley sirve nada más para autoperpetuarse, abandonando cualquier semblanza de servicio. En este sentido, el absurdo alcanzaba el grado de chiste, un elemento que algunos de sus lectores menosprecian. Pero un detalle que el autor de Bohemia no definió a partir de su experiencia en compañías de seguros fue el deterioro que podían sufrir estos sistemas hasta hundirse junto con todas las personas en su interior, producto de un abandono institucional casi absoluto. Ni pudo predecir que habría quien le encontraría el truco a la situación para salir vivo de estas estructuras que colapsan en cámara lenta ni que compartirían sus conocimientos al respecto. En un caso particular, los videos sobre cómo navegar el proceso de pedir el pasaporte del ingeniero Ronny Martínez, conocido también como Ronny Online en su canal de Youtube, han ayudado al menos a dos miembros del equipo de esta editorial.

Es fácil reír después de conseguir una victoria que te gana por lo menos un par de años de tranquilidad, pero no me puedo imaginar un proceso que haya sacado tantas canas a lo largo del mundo, dada la repartición del éxodo venezolano. Y no sé cómo evolucionará el trámite, dado que no hay quien responda en última instancia por esta responsabilidad. Mientras tanto, la amenaza de la falta de regularización y el vencimiento de los plazos sigue colgando sobre la cabeza de una infinidad de venezolanos desarraigados, cual espada de Damocles multiplicada por cinco millones.

Más vainas