16 de septiembre de 2022 10:00:00

E questo è il fiore

Antes de irse a combatir en la guerra civil española, George Orwell se reunió con Henry Miller, quien le espetó que su idea de irse a otro país a matar fascistas era "una idiotez". A diferencia de lo que podría esperar un público contemporáneo, esta diferencia de opinión no acabó con la amistad de los escritores. Más bien, el inglés escribió un ensayo titulado "En el vientre de la ballena" para defender la libertad absoluta de su colega de desentenderse completamente del mundo y la sociedad para hacer arte que no respondiera a los temas más urgentes de la actualidad.

En el momento en que Orwell escribía este texto, la élite cultural británica se decantaba por las ideas soviéticas que llegaban a la isla saltando por encima de los regímenes que se imponían en gran parte del occidente europeo. Y con la misma agudeza con la que denunciaba el totalitarismo, el hombre al que le pegaron un tiro en el cuello cerca de Huesca y pasó doce años vigilado por su propio gobierno criticó los efectos en la literatura, especialmente en el género novelístico, de quienes entonces se autoproclamaban antifascistas. En este sentido, acusaba a los literatos ingleses de izquierda (¿y acaso no lo fue él por antonomasia?) de atentar contra la creatividad al inspirar miedo y autocensura entre los autores, que no podían arriesgarse a cuestionar esta nueva ortodoxia.

Si ahora mutilo a machetazos el contenido de un escrito tan brillante y matizado, es para intentar entender un comentario de una exvicesecretaria general del PSOE respecto a la aparición de la cantante Laura Pausini en un famoso programa de televisión. Resumo brevemente: la italiana se negó a cantar la canción "Bella ciao" en vivo por considerarla "muy política", a lo que Adriana Lastra respondió en redes sociales que "negarse a cantar una canción antifascista dice mucho de la señora Pausini, y nada positivo".

Vamos a ver.

Lo primero que debemos recordar es que "Bella ciao" no se escucha igual en España. Lo que en algún momento empezó siendo una canción de trabajo para las mujeres en los campos de arroz (o un 'klezmer' judío, según algunos) se volvió, sí, un símbolo de la resistencia italiana en contra de los invasores nazis y el colaboracionismo fascista que se entona en pueblos y ciudades cada 25 de abril. Pero dudo que en el 'talk show' español hubieran querido honrar la liberación italiana. Después de que la melodía figurara en la serie "La casa de papel", las versiones y "remixes" la han llevado de las manifestaciones y protestas a las discotecas. Si todo el panorama cultural lleva una pieza de tal peso a un plano tan trivial, ¿cómo reclamarle a una italiana que no quiera formar parte de esta banalización?

Pero la acusación implícita de mantener simpatías con fascistas es una muestra más de un cierto paradigma sobre los supuestos deberes del artista y, por extensión, de todos los ciudadanos. Será juzgado como un enemigo público quien no afirme, bajo términos escogidos arbitrariamente, su fidelidad a unos valores cada vez más abstractos. Una especie de macartismo (¿Mccarthismo? ¿Maccarthismo?) actualizado. Así, toda la expresión artística debe inclinar la cabeza ante el buenismo más rancio, el que reclama gestos y poco más.

No solo los populistas son culpables de esto. También algunos componentes del público exigen a las mentes creativas que se ajusten a sus valores personales. Seguir este modelo equivale a aherrojar las artes para ponerlas al servicio de la moral pública. El que quiera, que eche mano de las disciplinas que más le gusten para comunicar su ideología, pero que dejen vivir a quien busca la verdad en el sonido de los ríos, en los párpados del amado y en canciones que traten de todo menos de política.

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