29 de julio de 2021 22:00:00

Despertador a las seis

La gente mañanera gruñe. Se les nota hasta con la mascarilla puesta. El timbre ronco de unas cuerdas vocales que no se han terminado de desempolvar colorea los "buenos días" y los "disculpa, permiso", pero el brillo de las miradas delata una impaciencia que solo puede ir desafilándose a lo largo del día. El ceño fruncido y el silencio tenso son la marca del tráfico de los que amanecen, el ojo del huracán en el que no pensaba que me volvería a encontrar. El mundo me ha lanzado de nuevo a las primeras horas de la jornada, con los hombres y mujeres acostumbrados a agarrarlas por el cuello.

Después de varios años llevando a cabo la mayoría de mis tareas diarias pasado el mediodía, es como haber vuelto a un lugar que llevaba años sin ver. Los recuerdos de aquellos momentos puntuales parecen sueños; es lo que pasa cuando vives lanzándote a la calle sin haber despertado del todo. Si no se trataba de asistir a una clase con el desayuno atragantado, siempre había un trabajo suelto o una diligencia de fin de semana que lo arrancaba a uno de los brazos de Morfeo cuando el sol todavía no se asomaba. El mejor de los casos era un viaje temprano a la playa, única instancia en que el cuerpo no pesaba tanto a esas horas.

Desde entonces, hay detalles de hoy

que se parecen a aquellas memorias: las caras que se arrugan en cámara lenta en un bostezo más o menos ruidoso, los estudiantes que cuchichean preocupados por llegar tarde y el trote pausado que representa el único ejercicio de algún caballero de mediana edad. Pero más allá de las ojeras y los cabeceos en la ruta matutina, da la sensación de que esta especie madrugadora se toma su situación con mucha más calma que la última vez que conviví entre ellos. ¿Dónde está la alienación urbana a la que solían cantar los punketos? ¿Qué fue de la angustia matutina que siempre veía reflejada en los ojos de todos mis compañeros de trayecto? A todos se nos pueden ocurrir mil razones que llevarían al deseo de dejar de sintonizar el presente inmediato entre una ubicación y la próxima. O tal vez sea cosa mía, años de falta de sueño que impedían ver que no todos sienten un desdén intenso por levantarse temprano.

Los viajeros más veteranos del transporte público tienen la capacidad de despertar automáticamente al llegar a su destino, una mezcla entre un mecanismo de defensa y un superpoder. A falta de este talento, varios dependen de medios digitales para alcanzar una distracción fácil y potencialmente infinita, distinta a la concentración de los lectores en tránsito. Pero el peligro que corren todos es el mismo: que se les pase la parada.

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