01/01/2021

Presunción de culpabilidad

    Los viandantes de ciertas ciudades se cuidan de atender llamadas de auxilio. No han sido pocos los que han sido emboscados entre varios cuando intentan atender a quien clama socorro, si es que no los encañona la víctima aparente. La táctica es lo suficientemente común como para sofocar los impulsos solidarios de las ciudades que sufren de delincuencia, pero sigue facilitando la pérdida de carteras y vidas de quienes no contaban con una advertencia.

Es un ejemplo un tanto extremo, pero el mismo principio aplica en un número de situaciones. Desde los parásitos sociales hasta el francotirador que hiere a un enemigo y espera a que otros vayan a rescatarlo, hay una infinidad de maneras de aprovecharse de la bondad ajena. Este abuso no necesariamente llega a lo criminal en todos los casos, pero sus efectos permean los ámbitos más urbanos hasta sus raíces. Se vuelve cultura cuando dudamos en atender a quienes parecen necesitar de nuestra ayuda por miedo a un posible daño. Cuando lo que nos cuentan pasa por un filtro de sospecha. Se

 

vuelve cultura cuando “no me meto porque no es mi problema”.

Así que nos hemos endurecido. La presunción de culpabilidad es un peso que impide que se realice la nobleza del alma humana. Así que es pertinente preguntarse si vale la pena perder esa buena voluntad. Más que llamar a la imprudencia, quiero apelar a la relativización de las pérdidas que podrían surgir de nuestras acciones caritativas. Tal vez tememos que nos vean las caras de tontos cuando nos engañen con historias falsas, pero, exceptuando los casos institucionales y masivos, esta sospecha no debería menoscabar nuestra disposición compasiva.

Es inevitable que otros se aprovechen de la generosidad de otros. Una actitud de apertura siempre va a conllevar un cierto grado de vulnerabilidad. Tener cuidado es responsabilidad de todos, pero una sociedad se cultiva cuando decidimos cuidarnos entre todos. Tal vez sea preferible volver a descubrir la misericordia, con todos los dolores que supone, que darla por perdida.

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— Virgilio González Briceño

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