27/11/2020

Ecce homo

¿Por qué no llamar ‘religión’ a lo que pasaba con Maradona? Más allá de las doctrinas paródicas, el sentimiento que generaba entre sus seguidores, los arrebatos y el frenesí, no se explica fuera del ámbito místico. En una nación tan predispuesta a la idolatría como la argentina, el delantero siempre iba a tener un lugar especial. Poco se puede hacer para convencer al creyente de que esto es nada más un hombre cuando ese mismo hombre ha elevado su corazón al éxtasis. El fervor deviene dogma, la pasión crea mitos.

Roger Caillois escribió que lo sagrado actúa sobre el ser humano de manera parecida al fuego, generando “temor de quemarse… afán de encenderlo… creencia de que su conquista trae fuerza y prestigio… herida y muerte en caso de derrota”. Se vuelve una tarea sencilla traducir estos sentimientos al fútbol, pero la dicotomía se fragmenta y reparte dependiendo del lado de la campo en que se juegue. Los fieles del Boca, el Barça o el Nápoles tenían la ‘mano de Dios’ de su lado, y observaban el sufrimiento de sus enemigos con el júbilo del fanático. Las grabaciones de los partidos suplen a los textos sagrados, que no suelen tener opción de cámara lenta.

Como en cualquier credo, el espacio ritual separaba con mucha claridad el aspecto divino del Pelusa de su lado profano. Para la congregación, su estilo de vida no podía competir con los prodigios que habían visto en los estadios. Los litigios, la violencia contra distintas mujeres y las irregularidades fiscales humanizaban a la figura que hacía milagros frente a los ojos del mundo. Poco importó que el tercer positivo en los controles de drogas equivalía a una autoexcomunión. Que su velorio tomara lugar en el puesto del gobierno no fue sorpresa ni contradicción para los creyentes.

 

 

“Si yo fuera Maradona, viviría como él”, cantaba Manu Chao. Puede que se haya referido a la cancha, pero tal vez se asomó un rayo de lucidez en su salmo. ¿Quién no hubiera cedido ante las tentaciones terrenales a las que se enfrentó? Dentro de la teología maradonista, el fútbol es el único espacio donde cabe lo sagrado, lo intocable. Armado con el poder y la impunidad que ofrece la gloria, Diego se volvió un esclavo del mundo y el sacrílego más grande de su propia iglesia.

Nada de esto bastó para que los prosélitos abandonaran a su becerro de oro. A diferencia de un dios eterno, Maradona se forjó en el momento en el que lo necesitaban. El legendario partido contra Inglaterra no hubiera sido lo mismo antes de la toma militar de las Malvinas, ni en un país que no hubiera sufrido las mismas crisis económicas y dictaduras. El deporte tiene esa magia. Sublima los impulsos más viscerales e irracionales para volverlos algo que, en su mejor versión, se vuelve arte. Cuando somos testigos de algo que nos supera, rozamos por un instante breve un plano existencial que no se puede explicar, pero que podemos sentir. Para muchos, el fútbol fue un puente para experimentar esa realidad, y Maradona fue el que les abrió la puerta.

Pero quien fuera la esperanza de un país entero estaba hecho de carne y hueso, he ahí el error del argentino que lo llora hoy. La pérdida que lamenta no es la del ser querido, ni la de su gigantesco talento, sino la del ideal que creyó inmortal. No es el único. A falta de altares, la figura pública se vuelve el objeto de veneración para los que no saben qué hacer con el anhelo de aquella trascendencia que buscan y reprimen simultáneamente. También hay dioses dentro del materialismo, pero son los únicos que siempre mueren.

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