23/04/2021

Aniversario Graviola

Igual que algunas personas, hay cosas que ya cuentan con un nombre desde antes de nacer. Las editoriales no son una excepción, ni lo son los libros. Lo normal es que se barajen todas las alternativas que hagan falta antes del momento de presentar cada proyecto al mundo con una única manera de llamarlo. El impacto sobre su adjudicatario puede variar, dependiendo de la persona a la que le preguntes, pero un nombre siempre tiene un peso, una orientación que coincide o contrasta con el recipiente, pero que siempre predispone. 

En el caso específico de los libros, los títulos pueden responder a necesidades descriptivas o interpretaciones abstractas. En todo caso, casi siempre brotan del deseo de la excepcionalidad, de separarse de lo que le antecede, incluso si es una referencia directa. Las opciones desechadas para los proyectos que cosechamos en nuestro primer año son rayos de luz que salían del mismo prisma, predecesores que compartían una intención, si bien no siempre el enfoque. “Patios interiores” coqueteó con “Jardín debajo de las uñas” y “Bosque encendido” antes de encontrar su forma actual. “A esta hora mañana” y “Lluvia de vencido” tuvieron el dudoso honor de formar parte de una lista de tachaduras cuyo único superviviente fue “Análogo al silencio”. 

En cambio, el nombre de una editorial manifiesta algo más amplio. Es fácil lanzar palabras como personalidad, identidad o promoción de marca (mejor que el detestable branding), pero la pulsión que empuja a hacer un proyecto así tiene que ver con fines más allá de la facilidad de difusión. Todas las posibilidades apuntaban a las mismas intenciones cuando nos decidimos por el nombre que llevamos 

ahora. De hecho, nuestro distintivo no siempre fue una fruta. Hace un año era una flor. 

El día que se iba a publicar la novela de Dani, que además fungía y sigue fungiendo como director ejecutivo, no podíamos esperar a presentarla al mundo, como en la fiesta después del bautismo. Era imposible saber que íbamos a necesitar una versión exprés de lo mismo para nuestra propia compañía, que todavía no llevaba el nombre que tiene ahora. Con un documento redactado para asustar a tres jóvenes emprendedores, un correo electrónico nos informó de las razones por las que debíamos abandonar la marca de inmediato. En resumen, las similitudes fonéticas, gramaticales y gráficas entre los nombres y logos y el posicionamiento dentro del amplísimo sector del entretenimiento y la cultura nos impedía seguir llamándonos como nos llamábamos hasta ese momento. 

Después de varias horas de frenesí, docenas de llamadas y un millar de ideas que se iban rechazando a la misma velocidad que surgían, almorzamos en silencio, derrotados. El precio de un error hecho meses antes en el registro de la marca nos costó varios atrasos importantes en lo que parecía el peor momento.

Ahora contamos la historia para divertirnos, y no puedo evitar sonreír al recordar aquel fiasco. La guanábana que adorna nuestras portadas se volvió un emblema de nuestra recuperación, una cicatriz de guerra completamente sanada. Nos dio un ánimo nuevo que mantenemos hasta el día de hoy. No han faltado dificultades desde entonces, y el futuro es tan incierto como cuando se nos ocurrió la idea de montar una editorial. La verdad es que no importa, por lo menos no tanto como las ganas de seguir haciendo lo que hacemos, con este nombre que tanto nos gusta.

Más vainas

Columna del editor

— Virgilio González Briceño

Cuento

— Agustina Sánchez

Poesía

— Laura Estrada