09/10/2020

A puerta cerrada

    En la sala desordenada de un apartamento angosto se reúne un grupo de desconocidos. Luego de saludarse y buscar sus guiones, impresos o en sus teléfonos celulares, empiezan a hacer teatro. Las sillas y el sofá están arrimados en un solo extremo, y sus ocupantes miran a los intérpretes mientras esperan su turno. Un día, un Edipo que sufre y suda se enfrenta a un Tiresias con un palo de escoba mientras el coro refunfuña porque no le dejaron recitar el griego original de la obra. En otra ocasión, tres funcionarios burocráticos rotan por el mismo asiento y anuncian su pertenencia a puestos y departamentos muy distintos. Entre silencios graves y risas más o menos contenidas, el espectáculo procede.

 

Hay un manojo de reglas: la obra empieza todos los jueves a las ocho; no podemos ser más de diez; no importa si llegas tarde, pero llega antes de tu primer diálogo; cuidado con la lámpara con la que todos se golpean la cabeza; quédate a cenar, que hay para todos. No hay mayor ensayo preliminar que haber leído el texto, y este depende únicamente del número de asistentes confirmados, excepto en el caso de un invitado imprevisto, como le ocurrió a un servidor, que se queda con la preciada voz en off. Uno las llamó “lecturas dramáticas”, y al resto, una congregación que deviene comunidad, le pareció bien. Toda interpretación es efímera, pero estas limitan la vida de esa obra a su duración.

 

Aquí hay una renuncia. Lejos de la tarima,

de los vestuarios y del atrezzo, e incluso de un público, no queda para estos discípulos del teatro sino el mismo teatro que nace entre aquellas paredes. Algunos leen con atención mientras recitan sus líneas, otros modulan las emociones que proyectan hasta que parece que están en otro mundo, y hay unos cuantos que parecen haberse preparado para ese momento todas sus vidas. Atrás, todos los que piensen que hay un fin más alto en esta labor. Estas obras no son útiles, como tampoco lo es la poesía, la filosofía, o hasta las ciencias teóricas que no persiguen sino la verdad y el conocimiento. Es por eso que exigimos que existan.

Se rasgan las vestiduras los adalides de la productividad y el lucro desmesurado. Que el tiempo es dinero y que la carne humana es moneda, rezan ante el dios descarnado del utilitarismo, y que las únicas acciones que valen la pena son las que tienen un beneficio tangible como recompensa. No entienden que hay cosas humanas que son fines en sí mismas, con un valor que no se computa en números, pero que nos ayudan a entendernos mejor, de una manera u otra. Ni se presumen ni se intercambian, pero se vuelven nuestras para siempre.

En la sala desordenada de un apartamento angosto se despiden, apenas habiéndose oscurecido la vista de la ventana. Salen cargando lo mismo con lo que entraron, pero hay algo diferente, un brillo en la mirada o el atisbo de una sonrisa que no se borra.

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